Adam | Crítica La emoción de la vida

Una imagen de la pelícua. Una imagen de la pelícua.

Una imagen de la pelícua. / D. S.

Estrenada con pocos pases en pocas salas (y ahora aún menos) en tiempo de pandemia, esta película, si su debutante realizadora, la marroquí Maryam Touzani (coguionista y ayudante de dirección de su marido, el excelente director Nabil Ayouch), es fiel a su talento y este no es ese destello que a veces hace nacer una única gran película que no tiene continuidad creativa en las siguientes, dará que hablar en el futuro. Porque aquí hay realizadora, desde luego. Y de grandísima originalidad y aún mayor sensibilidad.

Este retrato de tres mujeres de Casablanca –una viuda que regenta una modesta dulcería, su hija de diez años y una embarazada marcada por el estigma de no estar casada– tiene algo de Vermeer en el gusto no esteticista por captar la dignidad del detalle –útiles de cocina, manos que amasan, rostros– del trabajo aún artesanal–, algo de Zurbarán o de Chardin en su amorosa detención en los objetos y mucho de Pasolini en los poderosos retratos de las mujeres. He recordado a los cuatro al verla. Supongo, estoy casi seguro, que la directora no los ha tenido presentes. Da igual. En el arte hay convergencias de sensibilidades –una forma de contemplar la realidad desvelando/revelando una belleza que el uso y la rutina hacen pasar inadvertidas, un sentimiento de solidaridad y compasión– que hermanan a creadores de disciplinas, países y épocas distintas.

Cine de cámara –pocos personajes en un espacio reducido– lleno de sutileza en sus denuncias nunca subrayadas con trazo grueso, lleno de humanidad en los retratos de las dos mujeres adultas –extraordinarias, a la vez contenidas y desagarradas, interpretaciones de Nisrine Erradi y Lubna Azabal–, lleno de la belleza de los pequeños gestos y de los más humildes utensilios. Películas así, salvo raras excepciones, se realizan más en las cinematografías consideradas periféricas en relación al gran eje euro-estadounidense que en la actual cinematografía europea, que parece haber olvidado tanto el arraigo en las culturas que hicieron posible la riqueza y diversidad de las cinematografías francesa, italiana, inglesa o alemana y el realismo –en cada una de ellas con matices distintos– de los Renoir, Rossellini o Pasolini.

Esta película es marroquí sin folclorismo, realista sin tremendismo, hermosa sin esteticismo, emocionante sin sentimentalismo. Separa con extraordinaria sensibilidad e inteligencia lo opresor de una tradición cultural que debe ser abolido y superado (la vulnerabilidad de la viuda joven, no protegida por su padre ni por su marido, y la segregación de la madre soltera), pero también lo que de ella debe conservarse para no naufragar en la banalidad y el cortoplacismo de la globalización. Porque en la forma de amasar y hacer pan o un dulce respetando recetas tradicionales y modos artesanales hay siglos de cultura y toda la dignidad de lo hecho con las manos. El cine se hace más grande cuando se ocupa de estas cosas y de estos personajes sin historia que hacen la más importante de las historias, esa que Unamuno llamaba intrahistoria.

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