El año de la plaga | Crítica Demasiado cine

Animada por el espíritu paródico de un Edgar Wright (Zombies party) y basada en la novela del mismo título de Marc Pastor (Alianza), El año de la plaga aborda desde el posibilismo de producción y un cierto sentido de la economía en la puesta en escena (dirige Carlos Martín Ferrera, responsable de Zulo), una historia de ciencia-ficción marcada por el exceso de autoconciencia cinéfila y una voluntad cómica no siempre bien compensada con sus aspiraciones dramáticas.

Se trata aquí de reproducir una suerte de Invasión de los ladrones de cuerpos en una Barcelona de trabajadores sociales y ancianos clonados por plantas protagonizada por un eterno Peter Pan y sus problemas con las mujeres, pretexto de manual de guionista de escuela (aquí a ocho manos) que intenta articular la escalada de réplicas y aniquilación de la humanidad sobre una trama de supervivencia con exceso de guiños explícitos y menos chicha humorística de la deseada.

El televisivo Iván Massagué bien nos vale como prototipo generacional, no así tanto los diálogos y las situaciones que le han escrito, problema que se extiende a una película y unos personajes (con desaprovechado desfile de secundarios) que no terminan de saber del todo si quieren jugar a la comedia paródica, a la aventura apocalíptica o al drama romántico.