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El Plan | Crítica La clase obrera no va al Paraíso

Raúl Arévalo, Antonio de la Torre y Chema del Barco en 'El plan'. Raúl Arévalo, Antonio de la Torre y Chema del Barco en 'El plan'.

Raúl Arévalo, Antonio de la Torre y Chema del Barco en 'El plan'.

No disimula El plan su condición de adaptación de una obra teatral (de Ignasi Vidal) que se desarrolla en un único espacio, un piso humilde de barrio obrero, y con tres únicos personajes, curritos apaleados por la vida en vísperas de un plan incierto a los que dan cuerpo y palabra de clase Antonio de la Torre, Raúl Arévalo y Chema del Barco, el único que repite su papel de los escenarios.

Un único espacio, tres personajes en el límite y una concepción del tiempo dramático que funciona como suspendida cuenta atrás hacia ningún sitio que se proponen como campo de minas sobre la masculinidad y el orgullo heridos, el fracaso colectivo de una generación y los márgenes de un sistema que sigue dejando víctimas en la cuneta tras su enésima crisis económica.    

El plan se lo juega casi todo a la pegada del texto y el efecto-sorpresa, a los estratos psico-sociales de una situación enclaustrada, por supuesto a las prestaciones (no del todo desplegadas) de tres actores en su modulación de la derrota, la amistad enturbiada y los restos de dignidad después de años de maltrato y carcoma de la autoestima.

Y ahí parece que ni la obra original ni la película alcanzan el nivel de densidad y el tono o el ritmo precisos, como si hubiera que poner demasiado de nuestra parte para encontrar más madera de la que arde en cada uno de los relatos (el reencuentro con la madre del personaje de Arévalo, la impotencia del de De la Torre) que contrapuntean la espera beckettiana como preludio del macabro grand finale