Fahim | Crítica Ajedrez sin fronteras

El niño Assad Ahmed y Gérard Depardieu en una escena de 'Fahim'. El niño Assad Ahmed y Gérard Depardieu en una escena de 'Fahim'.

El niño Assad Ahmed y Gérard Depardieu en una escena de 'Fahim'.

Basada en hechos reales y sobrecargada de las mejores intenciones, Fahim nos cuenta la historia del niño Fahim Mohammad, que llegó con su padre a Francia huyendo de la persecución política en Bangladesh para acabar convirtiéndose en campeón nacional infantil de ajedrez en 2012.

La cinta de Martin-Laval aprovecha el caso singular para lanzar su mensaje de sensibilización sobre la acogida y solidaridad y subrayar el carácter multicultural de la sociedad francesa y sus valores republicanos. Y lo hace sin demasiado pudor a la hora de enfatizar los aspectos dramáticos y sentimentales de una odisea personal y de resumir o aligerar convenientemente esos escollos molestos para toda narración aleccionadora, épica y redentora que se precie, a saber, el periplo de llegada atravesando fronteras de manera clandestina y todas las verdaderas penurias diarias de un padre y un hijo intentando buscarse la vida sin papeles en la gran ciudad hostil.

A cambio, todo se vuelca aquí hacia el entrañable cascarrabias del profesor de ajedrez que encarna un autocontrolado Gérard Depardieu, su no menos simpática secretaria y el grupo (multicultural y diverso) de jóvenes compañeros de clase que arropan a Fahim en su predestinado camino hacia el éxito deportivo y, en consecuencia, hacia la integración, la legalidad y la reunificación familiar. Gracias, eso sí, a la magnificencia del Primer Ministro tras una salvadora llamada telefónica a un programa de radio.