El nadador / Xiao Xian / Araña | Crítica Los Goya van al Cicus

Triple sesión ayer tarde en el Cicus dedicada a las candidatas a los Premios Goya 2020. El corto El nadador, de Pablo Barce, se suma a la coyuntura informativa de la inmigración (y la tragedia) en el Estrecho con un bienintencionado aunque romo relato sobre la travesía de un joven marroquí que busca en España un futuro mejor al tiempo en que rememora sus días cotidianos y su vida familiar. Xiao Xian, del barcelonés de origen chino Jiajie Yu, se reviste de una cuidada ambientación con reminiscencias wongkarwaianas para narrar una pasión romántica reprimida desde la perspectiva de una joven china que no se atreve a salir del armario, en un ejercicio en el que la caligrafía se superpone al interés del contenido.

Completaba la sesión Araña, la cinta chilena de Andrés Wood (Machuca, Violeta se fue a los cielos) nominada a Goya a la mejor película iberoamericana. Narrada en dos tiempos (1971 y el presente) entrelazados por explícitos gestos de montaje, la película nos acerca a los comandos del Frente Nacionalista ‘Patria y Libertad’ que intentaron sabotear el gobierno de Allende con crímenes y actos violentos, y a sus consecuencias a través de un triángulo de personajes, atrapados en una relación malsana de dominación, seducción, diferencia de clase y deseo, que se reencontrarán años más tarde tras un cruento incidente callejero con el que se abre la película.

Wood adopta el tono y las formas algo enfáticas del thriller político de los 70 para desentrañar la herencia del fascismo entre las clases acomodadas y dirigentes del país de hoy, y se mueve entre los dos tiempos con una cierta tendencia al subrayado y al maniqueísmo en el dibujo de conjunto de la lucha antimarxista y la decadencia moral de la alta burguesía. Más interesante resulta el retrato de una mujer, a la que prestan sus edades María Valverde y una extraordinaria Mercedes Morán, que revela su calculado y pérfido dominio sobre los hombres de su entorno y su particular y esquinada satisfacción del deseo al tiempo en que intenta mantener oculto su turbio pasado manchado de sangre para seguir adelante, impune y maquillada, en su vida de bienestar y apariencias.

Con los temas (demasiado) claros encima de la mesa y su discurso poco complaciente, Araña no termina de encajar sus potentes ideas, que siguen impugnando el origen corrupto y criminal del actual estado social chileno, con un guion errático y unos personajes inconstantes cuyas convicciones y actos se nos escapan más allá de su funcionalidad dramática.