Nuestras derrotas | Crítica de cine Hasta pronto, espero

Una imagen de 'Nuestra derrotas', el ensayo documental de Jean-Gabriel Périot. Una imagen de 'Nuestra derrotas', el ensayo documental de Jean-Gabriel Périot.

Una imagen de 'Nuestra derrotas', el ensayo documental de Jean-Gabriel Périot.

Es casi un pequeño milagro que Nuestras derrotas llegue a la cartelera, y no sólo por las consecuencias del dichoso coronavirus. La película de Jean-Gabriel Périot nos trae con plena vigencia un doble debate sobre la política y la política de las imágenes a través de sus protagonistas, un puñado de jóvenes estudiantes franceses, desdoblados a uno y otro lado de la pantalla en un proyecto educativo (del Instituto Romain Rollard en Ivry-sur-Seine) con forma de ensayo cinematográfico, de una de esas películas que se hacen sobre la marcha, para poner en juego el legado utópico de aquel mayo del 68 en este tiempo de chalecos amarillos y abusos policiales y cómo conceptos como política, revolución, huelga, sindicato, libertad, compromiso, capitalismo, comunismo o socialismo son percibidos y entendidos hoy por las nuevas generaciones de la Francia multicultural.

Cabe hablar de una política del cine, o más bien de una manera política de hacer cine político, cuando Périot y sus jóvenes van más allá del documento o el testimonio directo para reescenificar ante la cámara algunos pasajes de aquel cine urgente y militante nacido de la propia acción del mayo francés. A partir de las recreaciones de escenas de La salamandra, de Tanner, Camrades, de Karmitz, La chinoise, de Gordad, Avec le sangre des autres, del Grupo Medvedkine, À pas lentes, del Colectivo Cinélutte, À bientôt, j’espere, de Marker, o La repris du travail de l’usine Wonder, Nuestras derrotas incide 50 años después en la necesidad de buscar nuevas formas de hacer cine que revelen los mecanismos de la escritura y la puesta en escena, formas especulares que reflejen el propio acto de filmar o representar como gesto político que cuestiona transparencias e ideologías dominantes.

Con todo, Nuestras derrotas pone de manifiesto, y es ahí donde realmente nos conquista, la lucidez, las dudas, los silencios e incertidumbres de unos jóvenes maravillosamente vivos y erráticos en sus respuestas y planteamientos sobre conceptos abstractos, difusos y escurridizos, su propia manera de afrontarlos y explicarlos después de haberlos interpretado a la manera del cine, la evidencia del desfase entre la teoría, la práctica y la primera persona que, en un inesperado epílogo, revela que, incluso en la confusión, la inmadurez y la derrota, aún queda en muchos de ellos una semilla de esperanza, resistencia y sentido de la justicia social que hace pensar en una posibilidad de relevo y progreso a pesar de las circunstancias y los discursos más agoreros.

Finalmente, Nuestras derrotas no deja de ser también el hermoso retrato de un puñado de chavales franceses que nos reconcilia con esa idea de que filmar el pensamiento en acción aún puede ser una de las tareas más nobles y fascinantes del cine.