Ralph rompe Internet | crítica El algoritmo es el algoritmo

La animación y cierto cine reciente (pienso en Ready Player One, de Spielberg) se siguen nutriendo del imaginario corporativo lúdico-digital como universo para desplegar nuevos relatos autorreferenciales y paródicos sobre las formas populares del presente.

Si Emoji: la película fracasaba en su intento de seguir la pista de Inside Out a través de los mustios emoticonos de WhatsApp, Ralph rompe Internet aspira a narrar la transición del universo primitivo y acotado de los videojuegos de monedas hacia las procelosas e infinitas aguas pixeladas de Internet, nuevo océano sin límites para que el grandote y básico Ralph siga persiguiendo su utopía bobalicona de tener una amiga para la eternidad en la pequeña, glitcheada e insolente piloto Vanéllope.

Así, esta segunda entrega de la franquicia Disney se lanza sin tapujos y a muchos gigas de velocidad por un paisaje de marcas corporativas franquiciadas que ponen la arquitectura laberíntica y el generoso pantone a una aventura de búsqueda, obstáculos y redención que se antoja perfecta para el despliegue del product placement más descarado de la historia del cine entre espectaculares carreras de coches, lecciones didácticas sobre la piratería y el correcto uso de las barras de búsqueda o los anti-virus y algunos logrados apuntes cómicos a costa de personajes-spam y princesas empoderadas que, en todo caso, no alcanzan la categoría suficiente como para leer la película en una clave algo más satírica a propósito de las adicciones, el narcisismo y demás peajes para el usuario estándar del circuito digital y sus redes sociales.