La sombra del pasado | Crítica El cine contra la Historia

Tom Schilling, protagonista de 'La sombra del pasado'. Tom Schilling, protagonista de 'La sombra del pasado'.

Tom Schilling, protagonista de 'La sombra del pasado'.

Recuperado de una pésima experiencia norteamericana (The Tourist) tras el éxito desproporcionado (Oscar incluido) de La vida de los otros (2006), Florian Henckel von Donnersmarck propone con su tercera película un nuevo viaje a la Alemania nazi del Tercer Reich, la II Guerra Mundial, los estragos de la inmediata posguerra y los años del Muro y la Guerra Fría.

El director y también guionista intenta anudar con vocación casi folletinesca y en tres largas horas el cogollo de la Historia alemana del siglo XX y sus correspondientes peajes (aquí son igual de malos los nazis, los comunistas y, cómo no, el arte contemporáneo), con el drama personal y el despertar creativo y redentor de un niño de familia judía, trasunto al parecer del pintor Gerhard Richter.

Un niño que será primero testigo de la crueldad genocida de los nazis, encarnada en un doctor maléfico que acabará por ser su suegro (pirueta de altura); luego peón despersonalizado al servicio del realismo socialista y sus murales obreros; finalmente artista atormentado en busca de una voz y un estilo propios en el paródico ambiente artístico del Berlín Occidental de los 60.

Rodada con graves síntomas de esclerosis fílmica y contada a un espectador de Wikipedia al más puro estilo de una teleserie bien costeada, La sombra del pasado aspira a atribuirse también una suerte de autojustificación del propio director a propósito de sus innumerables renuncias creativas y su voluntaria amnesia o desprecio por el legado de la modernidad en aras de una simplificada, culebronesca, reaccionaria y risible visión del cine y la historia alemana del siglo XX.