Enterrados | Crítica Esta mina es una ruina

Joaquín Furriel interpreta a uno de los mineros atrapados en 'Enterrados'. Joaquín Furriel interpreta a uno de los mineros atrapados en 'Enterrados'.

Joaquín Furriel interpreta a uno de los mineros atrapados en 'Enterrados'.

Artificiosa co-producción hispano-argentina sobre un accidente minero en Asturias, Enterrados llega mal y tarde (recuerden Totalán) a todos y cada uno de los posibles caminos dramáticos y narrativos en este tipo de situaciones.

A saber, se centra siempre en el grupo atrapado bajo tierra, liderado por un argentino (Joaquín Furriel) de quien, en ocasionales y caprichosos flashes, iremos sabiendo que se trata de un anodino tipo con hijo en plena crisis matrimonial. Junto a él, tres mineros más y una artificiera interpretada por Candela Peña (ya hay que echarle imaginación al asunto), viven los clásicos momentos de supervivencia, roce, tiempos muertos (muchos y muy mal contados) y estrés, tan clásicos como fallidos debido al escaso sentido de la tensión o la progresión en una situación como la que describe.

El guion de Trapiello descarta casi por completo toda aventura de salida y se estanca inevitablemente entre lo conversacional-psicológico y lo onírico, siendo lo uno de una pobreza alarmante emborronada por risibles apartes filosóficos, y lo otro material de pesadilla de segunda división subterránea.

Pero aún hay más: si obviamos la flagrante trampa que encierra todo el entramado dramático de cara a la resolución, una cuita sentimental con ciervo de por medio pone la guinda a un despropósito que tal vez nunca debió salir de los despachos que dieron luz verde al proyecto.