Dónde estás, Bernadette | Crítica La rica también llora

Cate Blanchett, en 'Dónde estás, Bernadette'. Cate Blanchett, en 'Dónde estás, Bernadette'.

Cate Blanchett, en 'Dónde estás, Bernadette'.

Lo confieso: el cine del por tantos venerado Richard Linklater no logra interesarme. Desde luego no su aclamada trilogía Antes del amanecer, Antes del atardecer y Antes del anochecer rodada con los mismos actores interpretando los mismos personajes a lo largo de 18 años. Solo a ratos la negrísima Bernie y de forma total Boyhood me han convencido. Lo que no es el caso de Dónde estás, Bernadette que veo –al igual que la trilogía amorosa– como una variación independiente, no exenta de detalles de talento, sobre los temas clásicos de los ricos también lloran. Se basa en un bestseller de Maria Semple publicado en 2012 que trata de los padecimientos de la madre de una familia de clase alta y pedigrí progresista. Se acumulan demasiados tópicos en la novela de Semple (que no he leído ni leeré) que supongo traspasados al guión.

La protagonista es una mujer inteligente, inconformista, hasta transgresora si se quiere, que se asfixia en un entorno de clase más que acomodada y en el seno de una familia que, por muy agradable que sea, no la satisface. Y a la que en parte culpa del abandono de su brillante pero truncada carrera como arquitecta. Tiene una hija que es un portento estudiando –su asidero emocional– y un marido inteligente y rico que la quiere y respeta, pero que ella considera por debajo de sus aspiraciones y méritos. La señora es más bien intratable, bordea el trastorno mental y es generosa con los fármacos. Y además le da por desaparecer. Lo que mete la trama es unos vericuetos que no desvelaré.

Es un Linklater más convencional que el de las películas que lo encumbraron

Lo mejor de la película es la interpretación de la siempre grande Cate Blanchett en su tópico personaje mil veces planteado por la novela, el teatro y el cine americanos, desde la Blanche Du Bois de Williams a la Rachel de Newman o la Jasmine de Allen (personaje también interpretado –y con más fuerza– por Blanchett). Todo se desarrolla en un universo que John Cheever –el tópicamente llamado Chéjov de los barrios residenciales americanos– ha retratado con maestría y una dureza traspasada de pena y compasión, a años luz de esta película. Lo que tiene de humor negro es más bien pálido y lo que tiene de tragedia es más bien blando. Es un Linklater más convencional que el de las películas que lo encumbraron, pero no tanto como para lograr el relato sólido y creíble de una crisis personal en un entorno privilegiado. Por lo que corre el riesgo de defraudar a sus fans y aburrir al gran público. Aunque ver a Blanchett siempre vale la pena.

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