Crítica de Cine

La última aventura

Una imagen de 'Mimosas'. Una imagen de 'Mimosas'.

Una imagen de 'Mimosas'.

Aventura épica, viaje místico, western sin tiempo en el Atlas marroquí, ensoñación lisérgica, esbozo etnográfico, Mimosas busca reconectar con un cierto estadio primitivo del hombre entre la naturaleza y el mito, con los relatos orales y las noches estrelladas, con el paisaje abierto, polvoriento, nevado y pedregoso donde vigilan los dioses y se pierden los caminos.

El segundo largometraje de Oliver Laxe (Todos vós sodes capitáns) se adentra ya sin coartadas reflexivas en el territorio de la ficción de aliento clásico, aunque en el proceso se dejen sentir las huellas (no siempre profundas) de una indagación en las formas del paisaje, los cuerpos y los rostros (Herzog, Pasolini) que responde a un impulso físico y exploratorio.

Mimosas se bifurca así en dos caminos y dos tiempos, a pie y a caballo por el terreno arcano, y a toda velocidad en esos taxis que surcan la noche del desierto, aventurándose a una misión de fe en la que lo sagrado y lo profano caminan juntos de la mano de sus dos esquivos protagonistas, pastores de almas, guías y mediadores en un paisaje que se transfigura entre espejismos, amenazas de muerte y la promesa de una última y redentora gesta heroica.

Laxe traza este trayecto doble entre la contemplación (levemente extasiada) y los brotes de aventura, con cierto humor incluso, a una distancia intermedia (no sabemos si la justa), insuflando a sus escuetos materiales dramáticos una dimensión abstracta de la que un poderoso trabajo creativo sobre los elementos sonoros y musicales tiene gran parte de responsabilidad.

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