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Volver a empezar

  • Regresa a las librerías la más famosa y querida de las creaciones del gran maestro del manga japonés Osamu Tezuka, ¡el valiente Astroboy!

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Portada del cómic

Y lo hace sumergido en una situación que le va a acarrear no pocos problemas y peripecias. Si en la anterior entrega de sus aventuras lo dejamos en el fondo de un río, sin energía, al principio de este tercer tomo habrán transcurrido veinticuatro largos años.

Tan solo la intervención de su amigo Shingo, que ahora es un poderoso adulto, propietario de una empresa, hará que el muchachito metálico pueda volver a la vida (robótica, eso sí).

Atrapado en un tiempo que no es el suyo, contemplará, atónito, cómo en el pasado se trataba a los robots como meros esclavos, máquinas cuya única función era hacer la vida más fácil a los humanos.

Casi sin quererlo, el protagonista se va a ver involucrado en una multitud de sucesos que reflejan muy bien el sentir de esta sociedad tan racista con respecto a la comunidad robótica, como en el caso de Chil Chil, creado por el profesor Ochanomizu, y que será acusado de haber cometido un robo.

Y es, justo en este momento, cuando podemos apreciar la brillantez de Osamu Tezuka como argumentista. Veréis, el hecho de que Astroboy haya retrocedido en el tiempo lo conduce inexorablemente hacia el momento, el instante, en el que el profesor Tenma, dolido por la pérdida de su hijo Tobio decide recrearlo en forma de robot, naciendo el propio Astroboy. Y he ahí que se originaría un encuentro en el tiempo del protagonista consigo mismo, una peligrosa paradoja temporal, con resultados funestos para la humanidad, por lo que un personajillo que ha estado oculto durante todo este tiempo actuará, tratando de salvar la situación.

A lo largo de los siguientes episodios, Astroboy se va a encontrar con diversos ejemplos que lo van a llevar a tomar una clara resolución, él mismo se va a convertir en el adalid de la unión entre los seres humanos y la comunidad robótica. No va a permitir que se trate a sus “hermanos” como simples objetos que se pueden usar y, una vez averiados, abandonar en cementerios llenos de chatarra.

El trabajo de Osamu Tezuka supuso para el pueblo japonés un soplo de aire fresco, nuevas ideas y conceptos, muchos de ellos influencia de los cómics y dibujos animados (los de Walt Disney, sobre todo) que se estaban realizando en los Estados Unidos. El autor de La princesa Caballero, Adolf y un sinfín de imprescindibles obras, supo quedarse con lo mejor de otra industria, y adaptarlo a la suya propia, cambiando para siempre al tebeo japonés, rompiendo un corsé clásico y demostrando las infinitas posibilidades narrativas con las que este medio contaba.

Y lo hizo de la mano de un robot, un jovencito valiente, siempre dispuesto a ayudar a los demás, ya fueran humanos o robots, y que a lo largo de su existencia se enfrentó a los peores villanos, a seres extraterrestres, fenómenos de la naturaleza y siempre, siempre, salió victorioso.

Un manga este que hará las delicias de todo tipo de lector de manga, sin importar su edad.

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