Ajuar funarario: El cómic | Crítica Clásico con gusanos

  • Aparece un versión en cómic de 'Ajuar funerario' que propone un modo más indirecto y desahogado de acercarse al libro de microrrelatos de Fernando Iwasaki, todo un clásico instantáneo publicado hace 15 años

El escritor Fernando Iwasaki retratado en Sevilla, donde reside. El escritor Fernando Iwasaki retratado en Sevilla, donde reside.

El escritor Fernando Iwasaki retratado en Sevilla, donde reside. / Alfredo Valenzuela (Efe)

A quince años de distancia, tanto autor como editor de Ajuar funerario, uno de los más longevos best sellers de Páginas de Espuma, declaran su estupor. Sesenta mil ejemplares vendidos, diez ediciones en librerías, derechos cedidos a diversos países latinoamericanos, adaptaciones audiovisuales aquí y allá, nada de ello era fácil de prever cuando, aquella primavera distante de 2004, esta recopilación de pequeños textos macabros veía la luz.

Ni siquiera el término microrrelato era de uso común, y sólo tentativamente comenzaba a emplearse para esas narraciones de corto alcance que causaban furor en los talleres y en torno a las cuales se celebraban programas de radio llenos de ocurrencias y juegos de palabras baratos. Existen muchos motivos que aducir para la sorpresa en este modesto, grato triunfo de las letras pequeñas, pero yo me quedo con uno: que es un libro de miedo. Quién iba a pensar que se puede escribir terror, quién iba a pensar que se puede vender un libro de cuentos de terror.

Lo que hace grande a Ajuar funerario en la historia reciente de nuestra cuentística, o de nuestra literatura en general, es haber servido de cuña para abrir un hueco en el paredón de los géneros. Casi sin quererlo, en voz baja, reveló a todo el mundo que, aunque maltratada y llena de los escupitajos de la cultura oficial, la pasión por el terror, por el fantástico, por los escenarios góticos, lo escalofriante, lo divertido, por el libro como celebración y pretexto para el júbilo más allá del tedio académico de los suplementos, seguía intacta entre el público.

Había lectores de fantástico en España, seguía habiéndolos: a pesar de que las editoriales mayoritarias (y doy mi testimonio en primera persona) se negaran sistemáticamente a publicar toda cosa que oliera a ciencia ficción o entidades sobrenaturales, a pesar de que dichos objetos, junto con todos los otros que traían a su vera, sufrieran el veto directo de las secciones de Cultura de los periódicos. El lector tenía otra opinión, y fue justamente eso lo que reveló el éxito masivo de la antología. Es más: lectores vírgenes, no contaminados todavía por ideas nubladas sobre lo que se considera culto y lo que no, acudieron en tropel hacia Ajuar funerario y se iniciaron en el placer de los libros entre sus zombis y sus gusanos.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

Porque de estos los había en cantidad: seres abandonados en casas remotas, niños estrangulados porque no paraban de llorar, espectros lánguidos de monjas, colegiales y viejas amantes, padres, madres, abuelas, familias enteras emparedadas en ascensores, un completo carnaval de ultratumba para satisfacer tanto el paladar del conocedor (invitado a sonreír ante el regreso de los tópicos) como el del curioso imberbe que se acercaba a lo siniestro por vez primera, si es que existe o ha existido en alguna ocasión.

Sirviéndose de un perfecto dominio del ritmo y una suave ironía, Iwasaki reunía cien textos con el denominador común del desasosiego, para dejarnos a oscuras tras la última línea disfrutando de esa electricidad dudosa donde anidan a la vez el espanto, la lujuria, la esperanza. La recopilación de horrores, todo un recetario de ingredientes góticos que cabe recomendar a quien se desee iniciar en los fogones del género, el autor hispanoperuano saquea a destajo las viejas películas de madrugada a la par que las más recientes, las historietas de campamento alrededor de una hoguera, los grandes clásicos de pasta dura, los íntimos temores al ascensor y el retrete, a la cicatriz y la rata, las imágenes de un infierno inculcado por la educación nacionalcatólica, así como miedos más privados y adultos que sólo suelen ver la luz en las consultas con diván.

El texto sigue conservando intactos su poder de repeler y magnetizar, de arrancar lo mismo la carcajada que el espasmo. Porque, como también se señaló desde primera hora, Iwasaki no se limitó en su catálogo de atrocidades a pasar revista a todos los monstruos habidos y por haber, del castillo de los Cárpatos al armario del dormitorio, sino que también lo hizo con esa dosis de guasa que es marca característica de su estilo.

Ilustración del relato 'El monstruo de la laguna verde' incluida en esta nueva versión en cómic. Ilustración del relato 'El monstruo de la laguna verde' incluida en esta nueva versión en cómic.

Ilustración del relato 'El monstruo de la laguna verde' incluida en esta nueva versión en cómic. / D. S.

Así, en muchos de los cuentos la explosión final del desenlace venía causada no tanto por la revelación espantosa de rigor como por la sonrisa que provocaba un motivo imprevisto, un desvío del tópico hacia conclusiones nuevas que orillaban el chiste. La combinación de horror y humor, atracción y rechazo, funcionaba como un perfecto mecanismo de contrapeso y contribuye no poco a la eficacia más que evidente de los relatos.

Convertido en un clásico contemporáneo, Ajuar funerario acaba de tomar la forma de cómic. Es desde este nuevo prisma como nos proponen mirarlo Imanol López Ortiz, guionista de cortometrajes y encargado del libreto, y el dibujante Beñat Olea, admirador de la ilustración japonesa. El libro que ambos nos proponen es y no es el que escribió Iwasaki en su día. Se mantienen, evidentemente, los textos originales (algunos de ellos al pie de la letra) y la idea motriz de la mayoría de las historias; varían, me parece, el tono, la aproximación, el resultado final. Ortiz y Olea han seleccionado un total de 18 títulos de entre el centenar que componen la fuente: divididos en secciones más o menos temáticas (difuntos, infantes y monstruos), con nuevas introducciones del autor, explotan las facetas que obviamente ofrecen mayores posibilidades visuales, que no siempre coinciden con las literarias.

A mi entender, quizá la más lograda sea la trasposición de Kruszwicy 834 d. C., por hallarse condensada en una doble página y por el encanto del pastiche medieval, pero pueden alegarse otras igual de eficaces. En cualquier caso, aunque no imprescindible (los textos hablan por sí solos), la versión en cómic del ajuar puede servir, por qué no, para acercarse de un modo más indirecto y como desahogado a una obra que se ha granjeado un puesto por méritos propios entre nuestros inmortales literarios. Un inmortal felizmente acosado por la putrefacción y las alimañas.

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