Cultura

Gainsbourg frente a Gainsbarre

  • Se cumplen 25 años de la muerte de Serge Gainsbourg. Una biografía de Felipe Cabrerizo recorre la historia de este poeta herido, un hombre escindido entre la delicadeza y la provocación.

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UNA BIOGRAFIA. GAINSBOURG: ELEFANTES ROSAS. Felipe Cabrerizo. Expediciones Polares. San Sebastián, 2016. 448 páginas. 22,50 euros.

En el Milord l'Arsouille, un cabaret donde se cantó por primera vez La Marsellesa, Serge Gainsbourg percibió como una especie de desagravio la actuación de Boris Vian. Él, que había sido hasta entonces un niño temeroso e introvertido, un chaval acomplejado por su físico -lo recordarán "encorvado y con el pecho hundido"-, un joven errático que finalmente había desistido de su vocación de dedicarse a la pintura, consciente de que en ese ámbito sólo le aguardaba la mediocridad, y se había adentrado en la música siguiendo los pasos de su padre, pianista, contempló con un orgullo reparador, al deslumbrarse con el particular carisma de Vian, que el mundo deparaba su sitio a los raros, los inadaptados, los diferentes, los que no estaban llamados a recorrer los caminos convencionales. "Tuve que encajar a ese tipo, pálido bajo los proyectores, liquidando textos ultra agresivos delante de un público estupefacto. Me quedé K. O. Tenía una presencia alucinante en el escenario, pero una presencia enfermiza; parecía estresado, dañino, cáustico. Fue al escucharlo cuando me dije: Yo también puedo hacer algo interesante dentro de este arte menor. Y me puse a escribir".

Nótese la expresión arte menor. El icono de la música francesa, nacido en París en 1928 como Lucien Ginsburg y muerto en la misma ciudad en 1991, el autor de álbumes tan extraordinarios como Histoire de Melody Nelson o L'homme à tête de chou; el compositor que brindó verdaderas joyas a las carreras de France Gall (Poupée de cire, poupée de son, un hit mundial que triunfaría en Eurovisión) o Juliette Gréco (La Javanaise) y tuvo una abrumadora nómina de colaboraciones; el monstruo sagrado que nunca quiso ceñirse a los límites de la chanson, que rejuveneció junto al grupo Bijou o se abrió al reggae en Aux armes et cætera; ese genio siempre pensó en su música como una hermana indigna frente a otras disciplinas. "Un arte mayor exige una iniciación. Pero un arte menor, como las tonterías que hacemos nosotros, no", afirmó el creador, que tal vez por esa insatisfacción - "mis cancioncitas de mierda", llamó alguna vez a su trabajo- también fue actor, fotógrafo, escritor y director. Gainsbourg. Elefantes rosas, una biografía escrita por Felipe Cabrerizo y publicada por Expediciones Polares, explora los fantasmas y las contradicciones de un creador que convivió también con un tortuoso personaje: el enfrentamiento del sensible Gainsbourg y el odioso Gainsbarre. "Gainsbarre", explica Cabrerizo, "juego de palabras básico de su apellido con barre, el equivalente en francés a barra de bar (...) va a ser el álter ego que invente él mismo para cometer todos sus abusos, para protegerse de los demás y de sí mismo".

Elefantes rosas, una obra excepcionalmente documentada que permite acercarse a la compleja personalidad de Gainsbourg en el 25 aniversario de su muerte, recorre las muchas capas del hombre que había detrás del ídolo. El muchacho del que sus compañeros de instituto escribieron que hacía "huir a las mujeres" por su aspecto pero que se desquitó conquistando a Brigitte Bardot o a Jane Birkin. El letrista y compositor que se acabó vendiendo al mejor postor en los encargos. "Sí, me prostituyo. Como una call-girl, de acuerdo", admitió él. O como decía su amigo Claude Dejacques: "Sentía tal resentimiento por la humillación de sus años de falta de éxito que se sentía halagado por ser interpretado por cualquier imbécil". El provocador que escandalizó al mundo con el cándido experimento de Je t'aime... moi non plus, y que implicó a su hija Charlotte en una película tan turbia como Charlotte for ever, que con la edad y el alcohol acentuó su carácter díscolo y protagonizó penosas apariciones públicas, como aquella en la que le dijo a Whitney Houston que, lo recordarán, quería follar con ella. Lo acusaron de estar "enganchado a su propio juego, borracho de sí mismo", y de que "a fuerza de jugar a ser el más malo en los medios" se convirtió en el "prisionero" de su personaje. El duelo, perdido por el primero, entre Gainsbourg y Gainsbarre, revela la dolorosa humanidad de un genio.

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