La biblioteca en llamas | Crítica Libros que arden

  • Un incendio en Los Ángeles en 1991 redujo a cenizas quemó un millón de libros, y ahora Susan Orlean reconstruye todos los hilos de aquella desgracia, en paralelo a la crónica de su propia vida y de la relación con su madre

La periodista y escritora Susan Orlean (Cleveland, 1955). La periodista y escritora Susan Orlean (Cleveland, 1955).

La periodista y escritora Susan Orlean (Cleveland, 1955). / D. S.

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El 29 de abril de 1986 pasó a la Historia como uno de esos días en que la credulidad y el horror de los hombres son puestos a prueba. Igual que en aquella otra jornada simétrica (el 6 de agosto de 1945), lo que parecía imposible irrumpió brutalmente en la realidad: una fisura en el reactor número 4 de la central nuclear de Chernóbil se abrió paso a través de los muros de cemento hasta convertirse en grieta, la grieta fue boquete, el boquete un abismo que liberó por la mitad oriental del continente una cantidad de materia radiactiva suficiente como para envenenar los seres vivos del entorno hasta 20 generaciones en el futuro.

Ante semejante catástrofe, es natural que otras, no por domésticas menos atroces, cayeran en suelo blando: entre ellas, el incendio de una de las mayores bibliotecas de Norteamérica y la destrucción sumaria de más de un millón de los volúmenes que contenía. El humo que levantó el holocausto en la ciudad de Los Ángeles fue visible durante días; los periódicos se hicieron eco de él sólo en tercera página antes de que transcurriera una semana.

Los libros que hablan sobre la destrucción de libros se han convertido casi en un género en sí mismo (citemos al socaire el de Fernando Báez: Historia universal de la destrucción de libros, de 2004). Hay en ellos algo de la crueldad y el masoquismo de esos vídeos que en internet testimonian horriblemente torturas a animales o violencia caprichosa contra personas que no pueden defenderse: como enuncia Susan Orlean, la autora de La biblioteca en llamas, uno tiende a considerar el libro como un misterioso cruce entre aquello que se califica de materia inanimada y lo que la sobrepasa, y sólo con mucho pudor y peso de conciencia puede arrumbarlo en el basurero o, peor, inmolarlo en una pira. Uno de los capítulos más interesantes de la obra de Orlean es precisamente aquel en que la autora se obliga a sí misma a quemar un libro con el fin de experimentar en carne propia hasta dónde alcanzan la vergüenza, el estupor, el escándalo: el libro que usó como combustible no podía ser otro sino Fahrenheit 451.

Un bombero avanza entre pasillos quemados en la Biblioteca Central de Los Ángeles, durante el incendio de 1991. Un bombero avanza entre pasillos quemados en la Biblioteca Central de Los Ángeles, durante el incendio de 1991.

Un bombero avanza entre pasillos quemados en la Biblioteca Central de Los Ángeles, durante el incendio de 1991. / D. S.

El fuego en la Biblioteca Central de Los Ángeles, que destruyó gran parte del fondo (también influyó, según suele, el agua de las mangueras) y afectó severamente la estructura de un edificio mal acondicionado, sirve a Susan Orlean, de formación patentemente periodística, para ofrecer un amplísimo reportaje sobre asuntos que tienen que ver con la propia Biblioteca de Los Ángeles, con las bibliotecas en general, con Los Ángeles en general, con los libros, con la propia Susan Orlean, con el hombre que inmoló los libros.

Que en concreto fue un tal Harry Peak, de Santa Fe Springs, un bala perdida, disgustado por las diversas injusticias a que le había sometido la vida haciéndole insolvente, ignorante, inconstante, anónimo, y que en busca de gloria decidió pasar a la eternidad arrojando una cerilla en la sección de Ficción Literaria la mañana del día de autos. En esto no era original: el fuego ha ejercido una fascinación atávica sobre todas aquellas almas que buscan luz sin resultado, y que, atraídos por su potencia, acaban abrasándose las alas. Según la leyenda, un tal Eróstrato hizo arder el templo de Artemisa en Éfeso, una de las maravillas de la Antigüedad, con un propósito similar: el de que su nombre no cayera en el olvido. Y aquí está escrito veinticinco siglos más tarde, como lo está el de Harry Peak.

Muy al estilo estadounidense, Orlean prefiere las entrevistas y los testimonios en primera persona a la reflexión o la cita erudita, y nos hace circular a buen paso por la historia de la Biblioteca Central de Los Ángeles, que comenzó siendo casi un cenáculo parroquial para convertirse en una de las mayores empresas culturales del Oeste americano, o por la odisea personal del nefasto Harry Peak, un villano por el que la autora no puede evitar una curiosidad teñida de cierta simpatía, y cuyos desmanes se explican al cabo por inestabilidades de carácter y una psicología de puntos ciegos.

En estos tiempos de Wikipedia y memorias de silicio, conviene recordar que el libro es todavía, o la ha sido hasta ahora, el principal recipiente de nuestra cultura

El recorrido incluye un pormenorizado inventario de las distintas secciones de la Biblioteca Central, así como semblanzas y currículos de sus principales empleados (George Valdivia, del Departamento de Envíos; John Szabo, Dirección; Morales y Rackley, de Presupuestos; Eloísa Sarao, Ayudante de Gerencia); una historia natural y moral del Cuerpo de Bomberos de Los Ángeles; la historia particular de la propia Orlean en su relación con las bibliotecas, que dio comienzo cuando su madre la llevó por primera vez a la Bertram Woods Branch, en Cleveland; la historia particular de Orlean con su propia madre, cuyos recuerdos han comenzado a ser desintegrados por el Alzheimer, y que dará pie a las previsibles analogías entre la memoria reducida a cenizas de Los Ángeles y las neuronas apagadas de la pobre mujer; el progresivo desarrollo de las bibliotecas públicas en Norteamérica, paralelo al del ferrocarril y la fiebre del oro, y que permitió la alfabetización de una población mayormente ganadera y campesina.

Es interesante, me gustaría señalar por último, que un título dedicado a la destrucción de libros haya merecido la publicación por parte de una editorial mayoritaria y, por lo que veo, esté gozando de cierta predicación en los medios de masas. Es como si se hiciera necesario recalcar, en estos tiempos de Wikipedia y memorias de silicio, que el libro es todavía, o lo ha sido hasta ahora, el principal recipiente de nuestra cultura, y que deshacerse de él, intentar hacerlo, equivale a un crimen de genocidio no menos horrendo que otros. En un presente en el que los índices de lectura descienden de manera vertiginosa y el papel ha perdido definitivamente la batalla frente al píxel, está bien acordarse de esos serviciales amigos de las estanterías, que son más poderosos que ningún fuego porque también dan lumbre, luz y calor, sin quemarnos las alas: más bien todo lo contrario.

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