Miguel Ángel Hernández. Escritor "No conocemos a los que nos rodean... ni a nosotros mismos"

  • El autor presenta 'El dolor de los demás', en la que recrea un suceso de su entorno y se pregunta por "la legitimidad" para hablar de la vida de los otros

El escritor Miguel Ángel Hernández. El escritor Miguel Ángel Hernández.

El escritor Miguel Ángel Hernández. / Marian Calero

Obras como Intento de escapada o El instante de peligro, con la que quedó finalista del Premio Herralde, habían señalado ya a Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977) como un narrador privilegiado, pero El dolor de los demás (Anagrama) ha terminado de situarlo entre los escritores fundamentales de su generación. El libro, que su autor presenta hoy a las 19:30 en la Biblioteca Infanta Elena, dentro del ciclo Letras Capitales, parte de un suceso estremecedor: en la Nochebuena de 1995, el que era el mejor amigo de Hernández asesinó a su propia hermana y se quitó la vida, un episodio que el creador narra con elegancia y con esa rara capacidad que posee para aunar en sus textos la reflexión y la emoción.

-En sus pesquisas se pregunta si se puede escribir sobre un crimen del pasado sin que eso agudice el sufrimiento de los familiares que sobrevivieron a aquello.

-Es una pregunta que me hago en particular con respecto a esta historia, pero que también podemos hacernos de una manera general: en qué medida tenemos legitimidad para hablar del dolor de los demás, para meternos en las vidas ajenas. Yo nunca me había planteado este dilema porque no soy periodista, un oficio en el que sí puede darse una reflexión ética al respecto. Tuve esa tensión durante toda la escritura, porque retrato un suceso que al ser contado hacía daño a alguien vivo y ponía en juego la dignidad de alguien muerto.

-Pero usted se acerca a un material tan sensible desde el respeto. Tenía claro, por ejemplo, que si encontraba imágenes escabrosas de aquellos hechos no las iba a describir al lector.

-La historia tiene unos mimbres con los que podía salir una novela muy truculenta, con los que se podían subrayar las especulaciones y los momentos explícitos, y yo no sabía, ni quería, contar eso. El desafío consistió en cómo reconstruir algo que ya de por sí era morboso y violento sin repetir ni intensificar esos rasgos. Procuré no pasar ciertos grados para no hacer más sangre. Revivía un suceso que debería haber quedado en el olvido, sí, pero sabía también que al exponerlo no debía mostrar demasiado.

-En realidad, El dolor de los demás relata la vivencia de un hombre, usted, que dejó atrás sus raíces y que vuelve a ellas. "El auténtico crimen sobre el que escribía", dice, "era el que yo había cometido con mi pasado".

-El libro empieza como la investigación de un crimen, pero, tal vez por aquello que hemos hablado, por respetar los límites y la memoria de los otros, acabó torciéndose hacia mi lado y siendo más el relato de mi propia vida. La novela se cuestiona finalmente sobre esa distancia que ponemos con respecto al pasado y la necesidad que sentimos de reencontrarnos con aquello de lo que escapamos.

-Durante su investigación encuentra cierto recelo en la parte más cerrada de la comunidad. Hay quien lo rebautiza con mofa como "el intelectual" y le reprocha que ya no vive allí. ¿Qué reacción ha encontrado allí una vez publicó la novela?

-Estoy muy aliviado en ese sentido, porque temía que pudiesen percibir que retrataba la huerta como un mundo exótico o extraño, y eso no ha ocurrido. El libro ha sido entendido como el reencuentro de alguien que salió de allí pero que escribe con ellos, desde ellos. Ese fue mi propósito: exponerlo todo con la mirada de alguien que tiene un pie dentro y otro fuera de ese terreno. Los que han leído la novela en el pueblo, en el bar, no se han sentido ofendidos.

-De la lectura, sin embargo, se desprende una conclusión desgarradora: no conocemos a quien tenemos a nuestro lado.

-Puede ocurrir que alguien al que creías conocer se convierta en un tipo completamente diferente o haga algo completamente inesperado, como hizo mi amigo. Que descubras, como me pasó a mí, que alguien con quien has pasado toda tu infancia y del que te crees uña y carne se revele como un desconocido. Nos apoyamos en unas rutinas, frecuentamos a las mismas personas, repetimos hábitos para pensar que tenemos claro quiénes somos, pero la verdad es que tu madre puede estar pasando por una depresión y tú ni siquiera lo sospechas. A menudo no conocemos a los que nos rodean, pero tampoco a nosotros mismos. Era una idea que me inquietaba y que quería poner sobre escrito.

"Viví este libro como un examen sobre los límites de la escritura para expresar la vida y la realidad"

-Entre muchos otros temas la novela explora cómo la profunda religiosidad de aquel tiempo catalogaba el sexo como "algo sucio", una visión que propiciaba "los deseos más insanos".

-Hay inercias sociales que acaban poseyéndote por dentro como un virus, y esa religiosidad era así. Esa idea del sexo vinculada a la culpa marcaba unas adolescencias oscuras, horribles. Ese despertar sexual en el que se interponía el miedo al pecado era un cóctel muy peligroso. A veces explotaba hacia algunos lados, a veces se reprimía y salía después, pero en todo caso esa educación te dejaba con muchas cuestiones que no se terminan de resolver en tu cabeza. Yo siento que todo lo que soy depende también de esa infancia en la Iglesia, no importa que creyese o no.

-"Las palabras siempre fallan; la escritura nunca llega al fondo de las cosas", afirma en el libro. El dolor de los demás indaga en la imposibilidad de la literatura para captar la vida con todos sus matices.

-Por un lado está esa reflexión ética de por qué contar esas historias que pueden doler, pero por otro lado hay otra, casi técnica, que se pregunta cómo uno puede narrar eso, cómo se puede poner en palabras lo incomprensible. Esa reflexión metaliteraria se da también en un nivel más prosaico, me interrogo también cómo articular estrategias narrativas para un relato que va cambiando, que quiere ser en un principio una novela policiaca y falla, que quiere ser una autobiografía y falla... Yo viví este libro como un examen sobre los límites de la escritura y de los géneros para expresar la vida y la realidad.

-Su obra ha logrado desde los comienzos unas críticas entusiastas, pero usted se define aún como "un historiador del arte que pretende escribir".

-Aunque parezca que con esta obra me salgo de lo que he hecho hasta ahora, el libro está lleno de imágenes y de cuestiones que tienen que ver con mi profesión, aunque sí da la impresión de que he salido del bucle y ya me leen algo más que historiadores del arte... De todos modos, mi definición no es tanto por modestia como por las circunstancias. El otro día hablaba en una mesa redonda con otros compañeros sobre la precariedad de la escritura: por mucho respeto que despiertes entre la crítica lo habitual es que te dediques a otra cosa, y que sea esa la que te dé de comer. Todos, por lo general, somos escritores sólo los fines de semana y en los ratos libres, aunque en tu cabeza estés siempre pensando una novela.

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