El cuerpo del veneno | Crítica Como agua en el fluir de los días

  • Point de Lunettes ofrece el primer poemario que publica la investigadora, narradora y especialista en literatura hispanoamericana Inmaculada Lergo

Inmaculada Lergo (Sevilla, 1957) es escritora, académica y experta en literatura hispanoamericana. Inmaculada Lergo (Sevilla, 1957) es escritora, académica y experta en literatura hispanoamericana.

Inmaculada Lergo (Sevilla, 1957) es escritora, académica y experta en literatura hispanoamericana. / D. S.

El cuerpo del veneno es el primer libro de poesía de Inmaculada Lergo, aunque la autora no es una recién llegada al mundo de las letras. Sus poemas sueltos han visto la luz en revistas y antologías, y es una reconocida estudiosa de la literatura hispanoamericana, con particular inclinación hacia la del Perú. Es editora de César Vallejo, Carlos Germán Belli y Rosa Arciniega, de la que ha rescatado dos novelas: Mosko-Strom. El torbellino de las grandes ciudades y Engranajes (Sevilla, Espuela de Plata, 2019 y 2020).

El libro se ofrece al lector como un poemario, un conjunto ordenado en cuatro secciones: En agua o aire o fuego, El paso entre los árboles, Mandarinas cuadradas, Lejanías entreabiertas, más un Estrambote final. En cada apartado la poeta se encomienda a sus dioses mayores y elige versos prologales de Carlos Germán Belli, Fray Luis de León, Antonio Machado y Francisco Bendezú. Es un rasgo repetido la dedicatoria de los textos a compañeros y poetas admirados, de manera que se establece una suerte de comunicación entre versos e identidades.

En mi experiencia como profesora de Historia de la Literatura he respondido numerosas veces a interrogantes acerca de la esencia de lo literario. Es fácil describir técnicas y modelos de construcción literaria, lo arduo es contestar a cuestiones de naturaleza ontológica como qué es la poesía. Inmaculada Lergo regala en El cuerpo del veneno asideros para satisfacer esa pregunta; por ejemplo, la poesía permite cifrar las experiencias más íntimas y recónditas, dar cuerpo a nuestras dudas, materia a las paradojas de la existencia cotidiana; brinda un camino para ahondar en lo que nos rodea; sugiere recursos para transformar nuestra realidad en otra realidad, animada por la fuerza de la pluma. Permite entablar diálogos como el que desarrolla en la composición que abre el volumen: "Dichoso el árbol, porque/ nace sin la ambición de ser luz/ en la selva o sombra del desierto,/ crece sin violentar la vida y muere/ sin glosar el sentido de destino/ que la maraña de sus ramas tiene. […] // Regálame el saber de tu equilibrio […],/ libérame del hilo de la araña,/ y del escepticismo que florece/ al borde del camino/ cuando los años pasan".

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

El transcurrir del tiempo y la contemplación de la naturaleza son el núcleo del conjunto; un tiempo enemigo, doloroso, más por la duda acerca de si ha sido bien invertido; una naturaleza sabia, que comprende y acepta el sentido perfecto de lo callado e inmóvil. "Cría coraza el cuerpo del veneno/ de los días", y esa coraza se transmuta en la máscara diaria, que alivia el vivir, pero lastra (Impostura), aprendizaje que obliga a la sobriedad, la humildad (Como el agua en la piedra) y al extrañamiento de uno mismo (Holograma).

Las dos primeras partes del libro sugieren lucha y tristeza, lo que cambia en Mandarinas cuadradas, donde el amor planea como apoyo e impulso, y surgen la alegría y la risa. En la cuarta, Lejanías entreabiertas, siguen los trabajos y los días, y la voz lírica insiste en el vigor de la naturaleza otoñal: "¡Qué delicias trae el otoño/ para quien sabe escucharlo!" (Otoño), en la fuerza del saber mirar y del querer ver (Dragones), en la aceptación y el carpe diem, porque hay rosas en estaciones ajenas a la primavera, aunque a la postre sólo somos fantasmas erguidos (Vanitas). En el Estrambote final –un poema titulado Oleaje– Lergo prefiere el símbolo esencial del agua, aquí en movimiento, olas persistentes que no dejan respiro y borran los esfuerzos, para imponer una frustrante mesura: "Y nunca se detiene ese oleaje/ que borra con oficio milenario/ al afán de mis huellas...".

El cuerpo del veneno se incluye en una serie editorial cuyo nombre evoca las condiciones del arte y la escritura desde antiguo: esquenocomo-serie azul. Este toque de fino humor no sorprende a los lectores de la sevillana Point de Lunettes, que destaca por el amor al detalle y el cuidado general en la impresión de sus volúmenes. Otra de sus colecciones se ha especializado en el arte de imprimir (la llamada Libros del Entorno). La editorial es conocida desde que, en el año 2003, publicase Primeros poemas, de Juan Ramón Jiménez. Su catálogo ha ido creciendo a la sombra de buenas firmas, entre ellas Antonio Carvajal, José Antonio Muñoz Rojas, Santiago Castelo, Reinaldo Arenas, Francisco Silvera, José Juan Díaz Trillo o el mismo Manuel García, responsable de Point de Lunettes.

Uno de los poemas de Inmaculada Lergo es precisamente Respuesta a Manuel García, acerca del sentido de la escritura poética. No se sumerge Lergo en nociones rebuscadas o aparentemente ingeniosas, sino que –continuando el tono paradójico y confesional del libro– declara: "Por dibujar el filo de mi sombra/ y no sentirme raramente extraña,/ y la palabra no se quede sola,/ y no ser sola yo con mi garganta […],/ quiero tener la piel de otras verdades,/ y seca la razón, y agria mi almohada/ de vallejos, daríos, federicos,/ macondos, utopías y comalas,/ reyertas de quijotes y de sanchos,/ arroyos y silencios, mar y fraguas…/ Porque no falte sangre en el veneno […]". El poema, en versos endecasílabos arromanzados, termina con un nuevo estrambote, un guiño cervantino: "... mi amigo me pregunta,/ se cala su sombrero, y luego calla".

La literatura como alimento de la literatura, como apoyo para los dolores del alma y los latigazos del tiempo; como hilo de Ariadna en un laberinto de búsqueda eterna, condenada al fracaso. También es un hilo de araña, de Ariadna a las Parcas. La "fermosa cobertura" de este libro es variada en imágenes, ritmos y metros, la emoción lectora navega por corrientes alternas y turbadas: el verso es como agua en el fluir de los días.

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