Editores y editoriales del exilio republicano | Crítica La batalla de las ideas

  • La Biblioteca del Exilio publica un nuevo volumen donde Fernando Larraz aborda la fecunda y perdurable labor de los editores republicanos en las comunidades de acogida

José Bergamín, futuro artífice de Séneca, en el Congreso de Intelectuales Antifascistas (Valencia, 1937). José Bergamín, futuro artífice de Séneca, en el Congreso de Intelectuales Antifascistas (Valencia, 1937).

José Bergamín, futuro artífice de Séneca, en el Congreso de Intelectuales Antifascistas (Valencia, 1937).

Sólo dos años después de la publicación del monumental Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, la magna obra colectiva de Manuel Aznar Soler y José-Ramón López García, aparece en la misma Biblioteca del Exilio, dentro de la sección dedicada a la Historia de la Literatura, una valiosa contribución de Fernando Larraz que amplía, contextualiza y evalúa críticamente la información contenida en las entradas del Diccionario dedicadas a la materia. A Larraz, miembro del Grupo de Estudios del Exilio Literario que dirige Aznar Soler y profesor de Literatura Española en la Universidad de Alcalá, le debemos otros estudios sobre los intelectuales exiliados, la censura franquista o las relaciones editoriales entre España y América Latina durante el primer periodo de la diáspora republicana, y es esa doble familiaridad con el periodo y con el oficio de la edición lo que confiere a su "balance matizado", que no se limita al acopio de datos, un valor que va más allá de las aproximaciones convencionales o meramente reivindicativas.

El estudio de Larraz parte de los catálogos como verdaderas "construcciones de sentido"

Como explica el propio Larraz, su enfoque sigue la metodología de los estudios culturales adaptada al caso, ciertamente complejo, que plantea la ruptura de la continuidad anterior a la guerra y la problemática vivencia del exilio por parte de una comunidad que quedó dispersa y aislada. Por una parte, la cultura producida por los exiliados, en particular la relacionada con las gentes del libro, tenía una carácter de misión, volcada en la defensa de una identidad amenazada de disolución y combatida o silenciada por el discurso oficial de la dictadura. Por otra, su misma especificidad llevó a la formación –fenómeno habitual entre las poblaciones de emigrados– de una subcultura anclada en un imaginario cada vez más lejano, a la vez influida por las naciones de acogida que se convirtieron para los exiliados en segundas patrias.

José Gaos, asesor de la sección de Filosofía del Fondo de Cultura Económica. José Gaos, asesor de la sección de Filosofía del Fondo de Cultura Económica.

José Gaos, asesor de la sección de Filosofía del Fondo de Cultura Económica.

El estudio de las iniciativas editoriales parte de los catálogos como verdaderas "construcciones de sentido", obras colectivas que permiten reconstruir intereses e itinerarios, pero Larraz introduce además oportunas matizaciones. Las editoriales del exilio, donde trabajaron no sólo intelectuales sino también impresores, diseñadores o técnicos de artes gráficas venidos de la península, serían antes que nada mexicanas o argentinas o chilenas, por citar las más importantes. Es fama que los españoles engrandecieron el oficio, que vivió en Latinoamérica una edad de oro, pero no todos los emigrados que fundaron sellos eran exiliados del 39 ni su labor, salvo excepciones, se limitó a recuperar y difundir el ideario republicano.

Joaquín Díez-Canedo, editor del FCE y fundador de Joaquín Mortiz. Joaquín Díez-Canedo, editor del FCE y fundador de Joaquín Mortiz.

Joaquín Díez-Canedo, editor del FCE y fundador de Joaquín Mortiz.

Gonzalo Losada o Juan Grijalbo en las editoriales a las que dieron su nombre, Antonio López Llausás en Sudamericana, Arturo Cuadrado y Luis Seoane en Emecé, Nova y otros sellos; Joaquín Díez-Canedo en Fondo de Cultura Económica y en Mortiz, José Bergamín en Séneca o Arturo Soria en Cruz del Sur, son sólo algunos de los editores que desfilan por el volumen, pero hay otros muchos –incluidos los menos numerosos que ejercieron en Francia y otros países europeos– en todos los niveles de la industria, también los que colaboraron como traductores, prologuistas, asesores o directores de colecciones o líneas editoriales.

La emigración española era vista como una "empresa espiritual", descrita con rasgos ideales

Cita Larraz un temprano folleto propagandístico del Servicio de Evacuación de los Refugiados Españoles donde los redactores hablan de ganar, perdida la de las armas, la "batalla de la palabra escrita, de la cultura, del pensamiento". La emigración española era vista como una "empresa espiritual", descrita con rasgos ideales, pero el paso del tiempo y la necesidad de sobrevivir obligaron a los expatriados a integrarse del todo en sus destinos. Esa adaptación no implicaba renunciar a los principios, pero sí les exigía dialogar a fondo con las sociedades a las que pertenecían y orientar el trabajo a satisfacer sus demandas. Fueron pioneros y su legado, en verdad admirable, es un patrimonio compartido por toda la comunidad hispanohablante.

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