Historia de la idea del tiempo | Crítica La eternidad y el tiempo

  • En estas lecciones de Bergson, impartidas durante el curso 1902-1903 en el Collège de France, se identifica el largo equívoco que impidió, durante siglos, barajar el tiempo como un concepto filosófico, y el modo en que dicho error muta, desde Platón al pensamiento moderno.

Henri Bergson Henri Bergson

Henri Bergson

Bergson imparte estas lecciones en el Collège de France durante el curso 1902-1903. Son lecciones que vienen a continuar una obra en marcha, ya de envergadura (Bergson contaba más de cuarenta años), y que no hacen sino abundar en una cuestión que entonces se apareció como de suma importancia: el tiempo, la temporalidad, su medida, así como la relación del individuo, de la conciencia individual, con su transcurso. Basta recordar, a este respecto, tanto las futuras indagaciones de Albert Einstein sobre la naturaleza del tiempo y el espacio, como los ensayos de Freud en torno a la memoria y sus mecanismos restrictivos. Aún así, estas clases magistrales de Bergson, cuyo interés desbordó el mero ámbito académico, no están destinadas a revelar el carácter huidizo, la naturaleza fantasmagórica del tiempo; más allá de esta curiosidad inmediata, lo que aquí se establece es una Historia de la idea del tiempo. Y dentro de esta historificación, lo que Bergson postula, lo que Bergson señala es el largo equívoco intelectual, desde Platón a Kant, que había impedido considerar el tiempo en su realidad desnuda, y que había convertido la Filosofía, y por extensión las ciencias, en un fruto atemporal, en un producto inmóvil del idealismo.

Lo relevante, pues, de estas indagaciones es la puesta en cuestión del conocimiento científico y filosófico de su momento; y dentro de este cuestionamiento, el modo en que la idea de tiempo, de movimiento, de acontecer, se va abriendo paso desde Plotino hasta Galileo y Descartes, y así hasta llegar al cálculo diferencial de Newton y Leibniz. Desde la paradoja de Zenón de Elea, tan citada por Borges, hasta el “pienso, luego existo” de Descartes, lo que ha variado es el modo mismo de concebir la realidad: imperecedera y estática en Zenón, fluida y vertiginosa en Descartes. Quiere esto decir que el famoso vitalismo de Bergson no está muy lejos, ni temporal ni intelectualmente, del raciovitalismo ortegiano ni de su célebre adagio: “yo soy yo y mi circunstancia”. Pero esto quiere decir, en mayor modo, que en estas clases de Bergson, lo que se narra, de modo brillante y riguroso, es el larguísimo y accidentado viaje que va desde las Ideas inmortales de Platón a la realidad visible, mudadiza, en perpetuo cambio (esto es, inmergida en el viejo río de Heráclito), que sólo muy recientemente había empezado a considerarse como realidad “real”, susceptible de indagación, y merecedora de unas ciencias acordes con su morfología.

Estas clases magistrales de Bergson, cuyo interés desbordó el mero ámbito académico, no están destinadas a revelar el carácter huidizo, la naturaleza fantasmagórica del tiempo; más allá de esta curiosidad inmediata, lo que aquí se establece es una Historia de la idea del tiempo

Como no soy erudito en la materia, no vamos a visitar un campo que nos excede con mucho. Sí conviene señalar que estos esfuerzos de Bergson por vincular la conciencia y el tiempo, y ambos con un nuevo modo de auscultar la realidad, marchan en paralelo al descrédito del positivismo decimonono y a la sensación vital, al fracaso intelectivo que Hofmannsthal dramatiza, de modo memorable, en su Carta de Lord Chandos. También la obra de los hermanos James (William y Henry) puede vincularse con facilidad a esta colusión entre la conciencia, el tiempo y el conocimiento, que Bergson presenta como problemática e ineficiente. Lo que sí parece obvio a Berson, Nobel de Literatura, por lo demás, es que el fruto del idealismo platónico fue un universo inmóvil; y que no es hasta Galileo (hasta el Renacimiento, en cualquier caso), cuando aquella pesantez marmórea de la Antigüedad comienza a coger la levedad y el vértigo de los seres que se mueven. Esto es, de los seres que son y están en el espacio y en el tiempo. El fruto de la filosofía posterior, a decir de Bergson, desde Descartes a Kant, no ha hecho sino tratar de cohonestar, con enorme esfuerzo, ambas concepciones antagónicas. Pero es el abandono total de esta filosofía, donde el tiempo figura sólo como inmortalidad, la que Bergson señala como único modo de conocer el tiempo, su centelleante manifestación, y el rastro que deja en la conciencia humana. A esta nueva humanidad, a ese nuevo vitalismo, está dedicada la obra de Bergson, que dos años antes había publicado La risa, un ensayo sobre la significación de la comicidad, asunto éste que lo vuelve a poner junto a Freud y su obra El chiste y su relación con el inconsciente. En ambos casos estamos ante el problema de la caducidad del ser. Un problema que, pocos años después, pasado el inconcebible episodio de la Gran Guerra, Heidegger expondría en términos muy escuetos y, desde luego, sin rastro del vitalismo bergsoniano: Ser y tiempo.

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