Muere Javier Marías

Un explorador de lo humano

  • Con Javier Marías, la literatura española pierde a su novelista más fidedigno y, también, al que con más acierto supo conectarla con otras tradiciones más allá de los primarios recelos nacionales

  • Javier Marías, el escritor fiel a sus principios

Javier Marías, en una imagen de 2011.

Javier Marías, en una imagen de 2011. / Efe

Señalaba Milan Kundera a Kafka como primer exponente en el que la novela se convierte, por fin, en un mecanismo de la exploración de la humano reconocible y autónomo, independiente de la filosofía y el resto de las artes: un espacio creativo dotado de sus propias leyes que permite al lector obtener una representación de sí mismo fiel e intransferible. Javier Marías, que concedió a Kundera honores en su Reino de Redonda, supo advertir tales bondades ya en otra obra admirada por el checo, el Tristram Shandy de Sterne, la novela que tradujo y promulgó hasta la extenuación y a la que tanto volvió hasta el final. Aunque conviene señalar que lo que encontró Marías en Sterne fue el medio más eficaz para conciliar sus dos caudales más queridos, el cervantino y el shakespeareano, hasta conformar una verdadera literatura propia, que trascendía las aspiraciones nacionales de su tiempo hasta ejercer una catálisis extraordinaria y apenas sospechada hasta la publicación de Los dominios del lobo en 1971. Marías asumía el criterio panóptico de su mentor Juan Benet para la adopción de medios expresivos útiles y necesarios en un sistema arrasado por el realismo social, pero, al mismo tiempo, se reafirmaba en la tradición más secular del Quijote, la que más y mejor mantenía los pies en una tierra que, todavía, resultaba incómoda para muchos. Sterne demostró ya en el siglo XVIII que tal proyección era posible, pero nadie en esta latitud ni en esta lengua se había atrevido a emularlo, en una oscilación viciada entre la adscripción acrítica y el rechazo orgánico: Marías supo encontrar un equilibrio perfecto que la literatura española, en un país agónico y ciego, necesitaba como agua de mayo. El resultado fue otra literatura, la suya, que en gran medida seguía siendo la misma, o las mismas. Pocos como Javier Marías han acertado a extraer provecho de esta paradoja. Resultaría difícil aventurar una definición de la novela contemporánea escrita en España sin su intervención proverbial, pero tres cuartos de lo mismo podría decirse respecto a la misma asunción de la cultura: la reivindicación constante que hizo el novelista de la obra de su padre, el filósofo Julián Marías, en un medio democrático empeñado en defenestrarlo sin más criterio que la revancha, nos habla hoy de un sentido aún más profundo de la justicia.

La destreza en la construcción de los personajes sitúa a Javier Marías en la escuela deseada, la que emana de Shakespeare y Cervantes

Al referirse a Kafka, Kundera definía así el oficio del novelista como un explorador de lo humano. Y si de alguna forma podemos justificar la designación de Javier Marías como uno de los últimos novelistas fidedignos de su generación, tal vez el último novelista español en un sentido de amplitud generosa, es precisamente en virtud de sus dotes de explorador, audaz, intrépido, tan sutil en las formas como determinante en las conclusiones, dueño de una quietud soberbia en el estilo capaz de abrir la puerta en el grado justo que nos permita otear el asombro del otro lado. Ya en las concesiones pioneras a la autoficción como Todas las almas destacaba su proverbial dominio en la construcción de los personajes, una destreza que se ha mantenido intacta hasta Tomás Nevinson y que tiene precisamente en Berta Isla una de sus cimas. La médula de estas creaciones se resuelve en la seducción permanente, en la cristalización de lo innombrable: Marías se resolvía como el explorador perfecto en tales océanos, en los que la distinción entre el todo y la nada, la vanidad y el delirio, se resolvía con apenas un guiño. Resulta digno de consideración el modo en que, cuando justamente más tendían los escritores a prescindir de los personajes porque para eso ya estaban ellos, más conscientemente encauzaba Javier Marías su escritura hacia lo que parecía una resolución de la ficción convencional pero que, desde la superficie hasta el fondo, fue siempre mucho más justamente en la verdad sin parangón de sus personajes. Sólo en un puñado de narradores de su tiempo y el nuestro como Coetzee, quizá el mismo Kundera, Alice Munro y poco más, convive la misma noción de la máscara como contenedora de todo lo posible, una escuela febril que conduce de lleno a Shakespeare y a Cervantes, al humanismo de Sancho y al talento terrible de Hamlet, al vitalismo creador de Falstaff y a la rebeldía incomprendida de Alonso Quijano.

La pregunta se hace por sí sola: lo que podemos esperar de la novela en lengua española sin Javier Marías está ya contenido en todos los autores que hacen del género una realidad viva y prometedora, con todas las garantías de futuro en las más diversas orientaciones, a menudo opuestas, en los muy diversos territorios que la ficción y la no ficción se disputan, en la decisiva cuestión sobre cómo escribir narrativa en el siglo XXI y todo lo que de las posibles respuestas se deduce. Pero habrá que considerar, siempre, que ese esplendor hoy dado por seguro será deudor de la decisión de un hombre, Javier Marías, que se desentendió de los debates nacionales cuando más torpes se mostraban para orientar su brújula en las latitudes precisas y reinventar, así, su propia tradición. No faltó el Nobel, no faltó nada. Se dio todo con la generosidad debida. Ahora podemos celebrarlo como el clásico que es, con más razón si cabe.

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