Civilizaciones | Crítica Atahualpa en la Alhambra

  • ¿Cómo sería hoy el mundo si los incas hubieran conquistado Europa? Laurent Binet, autor de la celebrada 'HHhH', parte de esta ucronía para armar un juguete curioso, bien escrito y sobrado de ingenio

El escritor francés Laurent Binet (París, 1972), durante una reciente visita a Barcelona para promocionar su nueva novela. El escritor francés Laurent Binet (París, 1972), durante una reciente visita a Barcelona para promocionar su nueva novela.

El escritor francés Laurent Binet (París, 1972), durante una reciente visita a Barcelona para promocionar su nueva novela. / Quique García (Efe)

Laurent Binet (París, 1972) saltó a la fama hace una década con una novela inaugural ciertamente llamativa, HHhH (2011), donde se encapsulaba, según suele habitualmente en todo tipo de creador y de artesano, el conjunto de lo que tendría que ofrecer con el correr de los años, hasta el día de hoy. Y no es que Binet sea un autor prolífico: más interesado, a lo que parece, en la paciente maduración de sus argumentos, y, sobre todo, el ángulo más favorable desde el que atacarlos, ha producido sólo dos títulos desde la fecha en que se asomó por primera vez a los escaparates, La séptima función del lenguaje (2016), y ésta, Civilizaciones, que comentamos hoy.

Decíamos que ya la primera de ellas contenía lo que luego ha ido identificando el resto de sus páginas: la fragmentariedad, la multiplicidad de focos y perspectivas, la erudición, la distancia del narrador, en caso de que exista, la frialdad, el sesgo analítico y lúdico, el humor envuelto en ironía. Es Binet un tipo de escritor típicamente francés, que sólo podría haber encontrado fermento en un suelo intelectual como el que se extiende más allá de los Pirineos: descreído y brillante, atento a la paradoja y el destello inmediato de las ideas más que a su calado, interesado en que la alta cultura, o lo que se entiende comúnmente por tal, camine de la mano de la amenidad y de las ventas masivas en las estanterías.

En HHhH, siguiendo (pero tampoco muy convencido) esa superstición actual según la cual la narración estándar está desfasada y el escritor ha de picar de aquí y de allá, de un género y de otro, mezclando drama y ensayo, periodismo, autobiografía y cualquier cosa con la que tropiece en el camino, nos ofrecía un particular reportaje sobre un acontecimiento que, a pesar de no figurar en mayúscula en los libros de historia, tuvo un impacto considerable en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial: el asesinato de Reinhard Heyndrich, capitoste de las SS y responsable administrativo del Protectorado de Bohemia y Moravia, reconocido asesino y canalla de postín.

Nos despachaba así un original híbrido entre documental, novela de aventuras y memoria de sus años mozos (hizo la mili en Praga, donde conoció los acontecimientos), al que lastraba al tiempo que engrandecía su principal rasgo distintivo, la superposición de voces, prismas y tiempos narrativos. HHhH fue seguido, cinco años después, por La séptima función del lenguaje, una suerte de relato detectivesco con ribetes de parodia, cuyos actores de reparto eran nada menos que Foucault, Barthes y otros mandarines del establishment post-estructuralista. Era imposible tramar nada más épatant, más enfant terrible, más chic.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

El punto de partida de Civilizaciones es el famoso principio de ucronía que ya hemos mencionado otras veces por aquí. Su paternidad suele atribuirse a Philip K. Dick, quien en El hombre en el castillo describió los Estados Unidos de un mundo alternativo donde los japoneses habían ganado la última contienda y que estaban sometidos a las fuerzas de ocupación del Eje: de todos modos, la idea es seguramente más antigua o lejana y puede ser rastreada en textos de, por ejemplo, el Adolfo Bioy Casares de los años 40, como La trama celeste.

El artificio consiste en lo siguiente: el autor elige un suceso al azar de la historia, significativo o no, y lo usa como punto donde clavar el compás; a continuación traza un círculo y borra todo lo que ha sucedido desde entonces, colocando en su lugar lo que podría haber sucedido si el ángulo de la circunferencia hubiera sido mayor o menor: lo que pasaría si escamoteamos un evento histórico determinado, lo alteramos, cambiamos su signo y atendemos a sus consecuencias. Recurso muy popular en los últimos años, sobre todo en el ruedo de la ciencia ficción, nos ha permitido asomarnos a realidades paralelas donde Hitler se entrevistaba con el presidente Kennedy, John Lennon seguía vivo en una cabaña de la playa, o, hablando de cosas de más cerca, la bandera que ganó la guerra de todos los guionistas de cine de nuestro país tenía tres colores en vez de dos.

En realidad, la ucronía que Binet idea no es tanto resultado de un hecho aislado del pasado como de una combinación de ellos. Primero y principal, el de que los escandinavos no se contentaran con alcanzar el norte del actual Canadá desde Groenlandia en sus excursiones aleatorias de los siglos VII y VIII, sino que se internaron mucho más al sur, nada menos que hasta México y Cuba, donde entrarían en contacto con mayas y caribes. Ello habría facilitado la llegada al nuevo continente del caballo, la forja del hierro y el uso de la rueda, lo que cambiaría radicalmente su modo de entender la civilización y de plantear su desarrollo. De manera que cuando el príncipe inca Atahualpa, enfrentado a su hermanastro Huáscar por cuestiones de herencia, se vea obligado a huir hacia el norte y, en las costas de Cuba, choque con las carabelas abandonadas por una antigua expedición castellana (masacrada por los indígenas), se encontrará en condiciones de atravesar el océano y plantarse en Lisboa con su séquito de 200 fieles, incluyendo una mujer desnuda que ejerce de profetisa, varios papagayos y un puma. El resto consiste en divertirse fantaseando cómo, en vez del tétrico imperio español que exportó a todas partes el espadón y la Biblia, se extiende el generoso dominio del inca, devoto del Sol, comprometido con la libertad religiosa, nutrido inagotablemente por el oro ubérrimo de las montañas bolivianas.

Siguiendo las huellas de las novelas anteriores de Binet, aunque no tan deslavazada, la historia avanza a través de parches o fragmentos de documentos, diarios, sagas, crónicas de historiadores, cartas y similares. El resultado es un juguete curioso, bien escrito y sin duda sobrado de ingenio, que agradará al lector bien informado y horrorizará a esos devotos del pasado glorioso que últimamente han crecido aquí y allá, entre el carnaval de siglas políticas que padecemos.

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