Premio Nacional de las Letras

El legado de Rodríguez Adrados

  • Maestro de filólogos y valedor de lenguas clásicas, el gran proyecto de su vida fue el Diccionario de Griego Clásico y Medieval, auspiciado por el CSIC

El catedrático Francisco Rodríguez Adrados al recibir el Nacional de las Letras en 2012. El catedrático Francisco Rodríguez Adrados al recibir el Nacional de las Letras en 2012.

El catedrático Francisco Rodríguez Adrados al recibir el Nacional de las Letras en 2012. / Alberto Aja (Efe)

Maestro de filólogos, creador de una escuela de helenistas y firme valedor de las humanidades desde el estudio de las lenguas clásicas, Francisco Rodríguez, fallecido el lunes a los 98 años, lega una larga, intensa y fecunda vida intelectual que abarca desde la posguerra hasta la globalización.

Fue posiblemente el último eslabón de la fructífera generación de filólogos surgidos durante la España de posguerra que, junto a Emilio Alarcos, Manuel Alvar, Fernando Lázaro Carreter y Luis Michelena, contribuyó entre otros a purificar la atmósfera de una Universidad sometida entonces a depuraciones y chalaneos.

Nacido en Salamanca en 1922, Rodríguez Adrados se formó en la Universidad de su ciudad natal como siglos antes lo hiciera Antonio de Nebrija, autor de la primera Gramática de la Lengua Española y como él lingüista, docente, traductor y precursor en su caso de la toma de conciencia sobre la trascendencia de las lenguas clásicas.

A ese empeño sometió su vida provecta desde que en 1949, a los 27 años, ganó en Madrid la cátedra de Griego en el Instituto Cardenal Cisneros, a tiro de piedra del viejo caserón de la Universidad Central (actual Complutense), en la calle Ancha de San Bernardo, adonde dio el salto en 1953, también como catedrático, después de una fugaz incursión por la de Barcelona.

Decidido en su apuesta durante una época complicada, consciente del desafío que suponía pero también del deber que se imponía en la defensa de las humanidades, Rodríguez Adrados acusó todos esos rasgos que comienzan por la letra 'd', la del sillón que desde 1991 ocupó en la Academia de la Lengua tras el fallecimiento de su colega Dámaso Alonso.

La demora en ocupar un sitio en la Docta Casa ( sillón 'd' minúscula), casi a los setenta años de edad y después de cuatro décadas de magisterio, hizo justicia tardía a una obra mayúscula que, a partir de entonces, sí obtuvo reconocimientos señeros como la Gran Cruz de Alfonso X El Sabio (1996) y muy al final, el Premio Nacional de la Letras por su aportación a la ciencia lingüística.

Descubrió la veta griega de la lengua española, de la que trazó el mapa de su genoma

Alquimista muy paciente, Rodríguez Adrados descubrió en el laboratorio de su erudición y tenacidad investigadoras, la veta griega de la lengua española, de la que trazó el mapa de su genoma en textos de relevancia como Estudios sobre el léxico de las fábulas esópicas (1948), en sus inicios, u Orígenes de la lírica griega (1976).

Muchos de sus libros son consecuencia de estudios, trabajos e investigaciones sobre la semántica, sintaxis y semiología griega e indoeuropea, pero también de su cultura, literatura y teatro para documentar la herencia del español por parte de ambas lenguas. 

A la documentación de la genealogía indoeuropea del español, dedicó Francisco Rodríguez Adrados toda una vida también a través de facetas como las de conferenciante, articulista en publicaciones y periódicos como Revista de Occidente y director de revistas como Emerita y la Revista Española de Lingüística.

El gran proyecto de su vida fue el Diccionario de Griego Clásico y Medieval, donde desembocaron todos sus trabajos en un inabarcable y magnífico proyecto auspiciado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

Su erudición e intelectualidad poliédricas le llevaron a otras academias como la de Historia y la Argentina e las Letras, y le granjearon reconocimientos como el Premio Menéndez Pidal de Investigación en Humanidades (1998), el Honoris Causa en su Universidad de Salamanca (1998), el Castilla y León de las Humanidades (1997) y el Premio Nacional de Traducción (1981), entonces denominado de Fray Luis de León.

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