Cultura

La llegada de los bárbaros

  • 'El sermón sobre la caída de Roma.' Jérôme Ferrari. Trad. Joan Riambau. Mondadori. Barcelona, 2013. 176 páginas. 18 euros.

El sermón sobre la caída de Roma, Premio Goncourt 2012, es en cierto modo continuación de Donde dejé mi alma (2010), editada por Demipage a primeros de año. Dicha continuidad reside, aparte el uso marginal de algún personaje anterior, en la pervivencia y la caída del imperio colonial francés. Si en Donde dejé mi alma se aborda el tema de la tortura durante la guerra de Argelia, en El sermón... es la propia realidad colonial, evocada con un tono crepuscular y aciago, aquello que permite a Ferrari adentrarse en una paradoja de la civilización: la caída de Roma, la Roma conversa de Agustín de Hipona, propició la llegada, no del reino de Dios, sino de la voracidad y la injuria de los bárbaros.

Sobre esta paradoja -los estragos de la civilización y su indeseable derrota-, se construyen buena parte de los personajes de esta novela. Personajes, de algún modo, virados en sepia, y cuya supervivencia, tras las dos guerras mundiales, no es sino una suerte de anomalía arqueológica. El mundo, inevitablemente, es otro. Y la frívola desgana de las nuevas generaciones, su irresponsable hedonismo, es lo que Ferrari parece subrayar, al modo alegórico o parabólico que sugiere el título. Aun así, este dramatismo a la manera de Gibbon no se ve correspondido con lo que, de hecho, cuenta la novela. Las peripecias juveniles de Matthieu y su amigo Liberto están más cerca de la púdica y convencional literatura adolescente, que del fracaso civilizatorio, del finis terrae que el autor declara o insinúa a lo largo de sus páginas. Sí ocurre así con el personaje de Marcel, abuelo del protagonista, y cuya figura actúa como aglutinante, como personificación de un frágil ayer, que se abisma vertiginosamente en el ocaso. A esa decorosa fragilidad, al modo en que un anciano se sume precipitadamente en el olvido, sabiendo que no es sólo él quien muere, sino el tiempo, la época, la secreta melodía del mundo que le dio vida, a esta inevitable derrota, suponemos que se refiere El sermón de la caída de Roma.

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