Memorial de los libros naufragados | Crítica Cálculo y ordenación del mundo

  • 'Memorial de los libros naufragados' retrata, a través de la figura desmesurada e impar de Hernando Colón, la ambición científica del Renacimiento y su voluntad de ordenar y catalogar la totalidad del conocimiento humano

Casa de Hernando Colón, extramuros de la puerta de Goles. Ambrosio Brambilla, 1585 Casa de Hernando Colón, extramuros de la puerta de Goles. Ambrosio Brambilla, 1585

Casa de Hernando Colón, extramuros de la puerta de Goles. Ambrosio Brambilla, 1585

En febrero de 1526, a un año de que las tropas del césar Cárlos saquearan Roma bajo el mando del condestable de Borbón y por obra de los lansquenetes de Frundsberg, Hernando Colón, hijo natural del Almirante de la Mar Océana, compraba una parcela extramuros de Sevilla, en la Puerta de Goles, para construir una casa donde albergar su fenomenal biblioteca. Una casa-palacio muy particular, porque estaba frente al monasterio de las Cuevas, lugar en el que se hallaba la tumba de su padre; y una biblioteca en absoluto común, puesto que se trata de uno de los primeros intentos modernos de concentrar y organizar todo el saber humano del que tengamos noticia. Conforme nos acerquemos al XVII, será más acuciante el problema de cómo debe ordenarse el conocimiento para ser accesible. Piénsese, por ejemplo, en Francisco de Aráoz y su tratado Cómo organizar una biblioteca (1631). En Colón, sin embargo, nos encontramos todavía en los inicios de la formulación de este problema. Un problema que, como habrá comprendido ya el lector, es el problema mismo del que surge la Era Moderna.

Se comprende, por otro lado, que la publicidad de este libro de Wilson-Lee, ágil y erudito, se centre más en lo que hoy nos concierne más a lo vivo que en lo que entonces significó aquel empeño. Es decir, que se publicite la biblioteca colombina como el primer motor de búsqueda de la Historia, cuando se trata de algo mucho más importante y que marcha en paralelo a otros hallazgos del XV-XVI. El buscador sería sólo el índice de un saber previo, minuciosamente recopilado, que ahora tantea y explora su disposición última para resultar más efectivo y enlazar unas disciplinas con otras. Este intento de ordenación es, sin duda, extraordinariamente meritorio.

No obstante, es el consciente acopio de conocimientos, y la formidable y razonada colección de datos, lo que permitirá que florezca ese complejísimo fenómeno que hemos dado en llamar Renacimiento. Las vastas bibliotecas italianas que visitó Hernando Colón en Roma, posibilitadas por la imprenta y por la incesante búsqueda de obras de la Antigüedad, darán lugar a un conocimiento más preciso del mundo y a una mayor divulgación de estos conocimientos.

Unos conocimientos, por otro lado, que se verían exactamente reproducidos y ordenados, en cuanto a su realidad física, gracias a la matemática perspectiva que había ya postulado Alberti, pero que será Piero della Francesca quien rigorice formalemente (aunque luego se lo atribuya su amigo Luca Pacioli, inventor de la contabilidad por partida doble). A lo cual debe añadirse algo que Hernando Colón ha conocido en carne propia, tras los viajes a ultramar con su padre: la extraordinaria, la inconcebible variedad del mundo, que luego resumiría modestamente en su jardín de extramuros, de distinta ambición al huerto medicinal de Monardes en la calle Sierpres.

Digamos que lo que el saber moderno está en disposición de ofrecer, por primera vez, es la precisión y la ilustración científica (asunto que no le importaba en absoluto, o no en ese sentido, al gran Isidoro de Sevilla). Y eso mismo es lo que buscarán, tanto los cronistas de Indias, como los cartógrafos que los acompañaban, como los religiosos que se entregan a la datación de las culturas indígenas: asunto éste que encontramos en el inquisidor Landa y su Relación de las cosas del Yucatán, pero también la preservación de la cosmonía maya de Popol Vuh, recopilada en el XVI, y de los mitos que agavilla el Inca Grarcilaso, dando noticia de la diferencia crucial entre la tradición oral de sus ancestros y la tradición o la cultura escrita a la que él mismo pertenece. Es decir, de toda esa cultura que ahora Hernando Colón se dispone a almacenar, infatigablemente, en la casa palacio de la Puerta Real, amparado más por el fértil magisterio de Heródoto, que por el sendero angosto de Tucídides.

Ese es el extraordinario drama, el drama de la precisión, de la calculabilidad y la exacta filiación del orbe, que Hernando Colón resume soberbiamente en su biblioteca (donde también había, como es lógico, una enormidad de grabados en los que la ciencia perspectiva se exhibe en todo su esplendor). Un drama, por otro lado, que Wilson-Lee ha querido personificar, entendemos que oportunamente, en Hernando Colón, por su doble vínculo con la aventura americana y con la erudición europea, y que se resume en aquella biblioteca desmesurada, reflejo y extracto del universo todo, y cuyos volúmenes, muy menguados, hoy duermen el sueño de la modernidad no lejos de su primer hogar, frente a la tumba del padre.

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