Consejos a un joven poeta | Crítica Los pardillos no anidan en el bosque

  • La editorial Trapisonda traduce el epistolario de Llewelyn Powys a Kenneth Hopkins 

Llewelyn Powys, durante su juventud en Dorset. Llewelyn Powys, durante su juventud en Dorset.

Llewelyn Powys, durante su juventud en Dorset.

Leyendo estos Consejos a un joven poeta de Llewelyn Powys la primera sensación es de nostalgia por un mundo que oscilaba, a ojos actuales, entre la inocencia y lo naïf. Inspirados por el título de Rilke, los textos de Powys se dirigen a un joven aspirante a autor de nombre Kenneth Hopkins. El aprendiz no muestra ni talento ni pellizco ni, a lo largo de las misivas, mucha voluntad por corregirse. Powys, sin embargo, insiste.Tal vez por pura buena educación, tal vez por algún tipo de efecto Pigmalión o quizá, simplemente, porque se notaba ya de vuelta de muchas cosas y quería dejar algún tipo de legado en sangre –Llewelyn Powys moriría, de hecho, en un sanatorio suizo en 1939–.

Como apuntaba su trayectoria, Hopkins no descollaría en el futuro como poeta, y desconocemos la otra parte del libro: las cartas firmadas por su mano. En el momento de su acercamiento a Llewelyn Powys, tenía tan sólo 19 años. Muchos de los pecados que podemos entrever se perdonan por la misma juventud, e incluso puede que su inesperado maestro les encontrara cierto encanto. A día de hoy, raramente nadie se toma la molestia de contestar a un espontáneo que se presenta en tu casa y te asetea con sus creaciones. Mucho menos, mantener un relación incluso cuando este se planta, sin avisar, en casa de tu hermano, intenta hacer contactos a tu costa, birlarte libros, te pide dinero. El Hopkins maduro, gracias al cual tenemos estas cartas, debía haber hecho las paces con esa desastrosa e imberbe versión de sí mismo –eso sí, su parte del epistolario, como decíamos, ni aparece ni se la espera–.

Llewelyn Powys, que se había hecho un nombre como ensayista, parece pasar por alto los defectos de su inesperado alumno e insiste en su labor de alquimista. Como en Rilke, sus consejos no se limitan a lo meramente literario porque lo literario no puede desgajarse de la vida. Frente al resplandor de la bohemia, Powys insiste en la necesidad de llevar una rutina ordenada. Hay que abandonar con urgencia –estamos contigo, Llewelyn– todas esas “bobadas” sobre la inspiración:“Siento la necesidad de aconsejarle como su fuera usted mi hijo bastardo y yo, lord Chesterfield”.

Las advertencias de Llewelyn Powys son las de alguien que ha visto mucho, y ha callado mucho –aunque muy apegado a Inglaterra, vivió en Kenia, en Estados Unidos, viajó por Europa–;sus consejos son, efecto, los que podríamos esperar de alguien con el aspecto de sabio legendario de sus últimos años:“No intente nunca imponerse a sus colegas. No trate de competir con ellos. Libere su mente todo lo que pueda de la conciencia de las diferencias sociales”.

Conmina a Hopkins a “gozar de independencia económica” y a “no tener ninguna prisa en casarse”. A lo largo de su intercambio, insiste en la importancia de la conexión con la naturaleza: “Los pardillos –le recrimina– no anidan en el bosque”:“Cultive su amor por la naturaleza, explórela, aprenda los nombres de todas las flores y brotes.Su amor por los lugares solitarios es una buena señal”. Subraya la bondad de los paseos, de los cielos cambiantes. y conmina a buscar tan frecuentemente como sea posible la “belleza y misterio del mar” , donde es posible hallar una autenticidad que va más allá de “las casetas de baño y todas esas vulgaridades modernas”. Un afán referencial con el mundo natural propio de la corriente modernista que en Powys tiene el fondo sustancioso de un transcendentalismo panteísta:“Si tiene pasión por la vida, lo demás vendrá por añadidura”.

Llewelyn Powys resume, en fin, mucho de lo que cualquiera debería agenciarse como brújula, entre las telarañas del mundo: leer La Ilíada y La Odisea, y “todas las obras de Shakespeare con detenimiento, una a la semana”. ¿Qué mejor enseñanza?

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