La pelota de papel

Messi compite ahora contra Messi

  • Sin Cristiano en la Liga ni en la mediática lucha por el último Balón de Oro, el argentino sortea al tiempo y halla otro estímulo: que sus logros no acaben a la altura de su grandeza

Messi trata de marcharse del lateral espanyolista Dídac. Messi trata de marcharse del lateral espanyolista Dídac.

Messi trata de marcharse del lateral espanyolista Dídac. / Toni Albir (EFE) (Barcelona)

A semejanza de ese jefe de filas del ciclismo que necesita de los gregarios para exprimir los vatios de sus piernas, Leo Messi aprovechó la mayúscula rivalidad con Cristiano Ronaldo para sacar lo mejor de sí, reivindicarse como el mejor del momento y quizás de la historia.

La marcha del colosal goleador luso a los brazos de la Vecchia Signora podía rebajar un punto la voracidad del Barbarroja de nuevo cuño, que con 31 años, además, no ve ya tan lejano el día en que cuelgue sus botas y llegue el momento de enmarcar su grandeza.

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Pero Messi, lejos de perder el apetito competitivo, ha vuelto a cambiar de ritmo en su apabullante carrera. Como en esas jugadas, mil veces dibujadas en la hierba, trufadas de frenazos y arrancadas. Ante el Espanyol, el sábado, volvió a acelerar. Y deleitar a barcelonistas y neutrales en la misma medida que sofocaba las expectativas de madridistas, atléticos o sevillistas.

Hizo dos golazos de falta directa, dio otro pase de gol y el enésimo clínic de cómo manejar los tiempos de un partido. Porque Messi, cuando se fue Xavi, empezó a jugar de Xavi a ratos. Y ya sin Iniesta, su papel de armador del juego es aún más preponderante. El rosarino, como Di Stéfano, Cruyff, Maradona o Zidane, vuela tan alto, tiene tan pocos secretos negados en este bellísimo juego, que asignarle una demarcación es una ordinariez. ¿De qué juega Messi? De Messi. ¿Y dónde se ubica? Donde quiera.

Ante el vecino barcelonés llegó a los 19 goles de falta directa en sus últimas cuatro ligas, más que cualquier equipo, al completo, de los cinco grandes campeonatos del continente. Como para ponerle un corsé, un límite. Que siga volando y que cada cual lo disfrute, o lo padezca, a su manera.

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Cuando Modric levantó el Balón de Oro la pasada semana, Messi se convenció de repente de que su verdadera batalla, su lucha más encarnizada, es la que mantiene consigo mismo. El mundo del fútbol clama cuando Messi no ejerce de lo que es en los escenarios más prestigiosos, léase en las finales de la Champions, o más mediáticos, en los que también se incluye el Balón de Oro.

No sólo el barcelonista, cualquier aficionado que ha seguido a Messi desde que debutó con el primer equipo azulgrana aquel 16 de octubre de 2004, aún no se explica cómo este futbolista, que ha mostrado un repertorio nunca antes visto, sólo ha alzado cuatro veces la Copa de Europa en este dilatado periodo. También se pregunta cómo han sido sólo cinco sus Balones de Oro.

Messi ha decidido sortear estas tribulaciones con la pelota, con la que también parece regatear al mismísimo tiempo. Con ella busca su Liga número 10, redondísima. ¿Alguien será capaz de aguantarle esa carrera contra sí mismo?

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