Los problemas son mayores si se afrontan desde el individualismo En defensa del multilateralismo

En álgebra, el cambio de base permite observar una realidad con otras coordenadas de referencia. La realidad es la misma, tan sólo cambia la perspectiva, pero la percepción es completamente diferente y esto, como es fácil imaginar, abre en política un enorme campo de posibilidades. Los vascos lo entendieron desde el principio y aceptaron participar en un mismo régimen fiscal, pero desde una perspectiva diferente, la foral. Todos pagamos, en teoría, los mismos impuestos, pero con algunas diferencias. Mientras que la mayoría de los ciudadanos han de entenderse directamente con la Hacienda central, los vascos lo hacen con la suya y luego negocian con el Estado su contribución al mantenimiento de los gastos comunes, aunque con matices. Por ejemplo, permaneciendo al margen de los mecanismos de solidaridad interterritorial que establece la Constitución. La diferencia se convierte en fuente de ventajas económicas, que el resto del país soporta con resignación, pero que en modo alguno pasan desapercibidas.

Parecía difícil llegar más allá de donde lo han hecho los vascos, pero la estrategia independentista en Cataluña para eliminar la presencia del Estado en su territorio plantea un nuevo cambio de base, es decir, de perspectiva, en las relaciones entre  autonomías y entre éstas y el Estado. La clave es el bilateralismo que, en la práctica equivale, por un lado, a elevar el rango de las instituciones autonómicas al nivel de las estatales y ofrece una nueva perspectiva de privilegios políticos y fiscales, que en el País Vasco no han tardado en apreciar. Por otro lado, a dinamitar uno de los pilares básicos del “estado de las autonomías”, el multilateralismo, y, de paso, el conjunto del entramado institucional levantando en torno a él, comenzado por el sistema de financiación autonómico.

El panorama es inquietante, sobre todo porque, como apunta D.J. Snower, presidente del Instituto Kiel, la ruptura con los compromisos globales (multilaterales), en aras de fantasías trasnochadas de gloria y hegemonía nacional, es el alimento básico del populismo. El multilateralismo no es sólo una alternativa al bilateralismo, sino también, y sobre todo, al populismo. La internacionalización de los procesos sociales y económicos aumenta la exposición al contagio de los problemas originados fuera de nuestras fronteras. Frente a ello, la opción populista, apuesta por volver a levantar fronteras, confiando en que proporcionen defensas suficientes frente a los procesos de desestabilización, bastante más probables en las latitudes más pobres. El aislacionismo es la opción elegida por británicos y norteamericanos, entre los países ricos, para perpetuar sus aspiraciones hegemónicas, con abundantes coincidencias con el independentismo catalán. Otra cara más dramática del aislacionismo es la de Cuba, Corea del Norte o Venezuela. La alternativa es el multilateralismo, es decir, la búsqueda de metas y objetivos comunes, reconociendo que el debilitamiento del poder limitante de las fronteras políticas y administrativas conduce necesariamente a la cooperación en la lucha contra problemas que no pueden ser abordados de forma individual.

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