Economía

Derivaciones del accidente de Zaldívar

Dos operarios trabajan en el vertedero Dos operarios trabajan en el vertedero

Dos operarios trabajan en el vertedero / Luis Tejido / Efe

Hay varios asuntos de importancia en relación con el accidente del vertedero de Zaldívar. El derrumbe en sí mismo parece poner de manifiesto que el ritmo de deposición de residuos, mucho mayor del previsto en el proyecto, no permitía hacer una compactación como es debido. En segundo lugar, probablemente el bajo precio cobrado por los residuos ingresados no podía costear tareas que fuesen algo más allá de la mera deposición. Y, en tercer lugar, algunas consecuencias del hecho, entre ellas que dos compuestos atemorizantes hayan vuelto de nuevo a la palestra.

La bandera de las dioxinas y furanos suele ser agitada en la contumaz oposición a la instalación de nuevas plantas de valorización térmica de residuos no peligrosos. Fue un argumento útil para los ecologistas organizados en España; en su momento porque creían que dar facilidad a este tipo de gestión iba en contra del paradigma de las R: Reducir, reutilizar y reciclar. Y ahí se han quedado, a diferencia de los ecologistas de otros países. Este dichoso paradigma y los que lo defienden no queriendo ver la realidad es lo que ha llevado a que en España la situación de la gestión de los residuos de competencia municipal sea aparentemente buena, pero que en realidad sea deficiente.

Me explico: no hay ya vertederos incontrolados, los “vacies”; se han instalado numerosas plantas de tratamiento para la selección y gestión de residuos según su naturaleza; y se ha extendido la separación en origen, mediante contenedores específicos. Incluso, dado que esta separación voluntaria parece insuficiente, se ha hecho el experimento de la separación obligatoria y limitación del volumen de residuos por domicilio. Fue en San Sebastián y poblaciones aledañas, con un cubito de tamaño obligatorio y su colocación, con un tipo de residuos diferentes cada día, en unos a modo de percheros en la calle. El resultado: los residuos continuaron finalizando en un vertedero en gran medida y el partido gobernante no repitió el mandato, porque los ciudadanos terminaron hartos del experimento. La recolección superselectiva tampoco es una solución, porque los materiales orgánicos e inorgánicos que desechamos son bastante menos reciclables de lo que se nos quiere hacer creer. No es acertado sostener que para evitar la valorización térmica o que los residuos terminen en un vertedero tras pasar por una planta de selección basta con extender la recogida selectiva.

Esto lo saben muy bien en los países en los que las tasas de selección y de reciclaje son elevadas. En Alemania, por ejemplo, en 2016 se recicló el 48% y se llevó a vertedero el 1%. ¿Qué hicieron con el resto? Pues compostaje y digestión de residuos orgánicos (16%) y, sobre todo, valorización térmica: 35% (2016). Y es que la deposición en vertedero es la solución última en la jerarquía europea de gestión de residuos y, además, se pretende que no supere el 10% del total en 2035. España se encuentra todavía muy lejos de esto. En 2017, según el ministerio del ramo, fueron vertidos sin tratamiento previo el 17% de los residuos municipales generados, pero acompañados de un 34% adicional que había pasado por una planta de tratamiento, aunque parte de ellos sólo circularon por la cinta de triaje o clasificación. En definitiva: depositamos en vertedero el 51% de los residuos municipales, que no sólo incluyen residuos domésticos. Y en Andalucía este porcentaje supera el 65%, aunque hay plantas de tratamiento casi por doquier. La valorización térmica por su parte, sólo se realiza, con diferente intensidad, en siete comunidades y en Melilla, y supone algo menos del 13% del total.

Es cierto que podemos mejorar nuestras tasas de reciclaje y otros tratamientos térmicos, pero no sólo con la separación en origen, sino elevando el precio de la gestión de residuos. Algo a lo que los ayuntamientos suelen ser renuentes porque supone mayor pago para los ciudadanos, pero no quedará más remedio que abordarlo, ya que estamos obligados al cumplimiento de objetivos europeos. Y, aun así, será inevitable que nos decidamos a abordar la valorización térmica de una forma más amplia; bien en nuevas instalaciones específicas, que no son baratas, o bien en plantas industriales que puedan utilizar combustible procedente de residuos, como es el caso de las cementeras, aunque su capacidad es limitada.

Pero cuando esto suceda, volverá a ser izada la bandera atemorizadora de las dioxinas y furanos, o la propuesta de soluciones alternativas que está constatado que no funcionan suficientemente bien, como la biometanización. La realidad es que esos satanizados compuestos organoclorados se producen en casi cualquier combustión incontrolada, ya que el cloro es ubicuo, pero se destruyen a las temperaturas que se alcanzan en las instalaciones y la velocidad de enfriamiento de los gases impide que vuelvan a formarse. Existe un límite de emisión, naturalmente, que se sitúa en una décima de nanogramo por metro cúbico normal de aire; o sea la décima parte de una milmillonésima parte de gramo.

La verdad es que no ayuda la gestión alarmista que está realizando el gobierno vasco, aunque allí incineren ya el 30% de los residuos de competencia municipal. Como no podía ser menos, alguna prensa sensacionalista y algún grupo político no menos sensacionalista, Podemos Euskadi, han aprovechado la ocasión. Una con titulares de “altamente tóxicas y cancerígenas” como un absoluto, sin reparar en las concentraciones, y el otro exigiendo un “mapa de dispersión de dioxinas y furanos en la zona”. Supongo que el gobierno del País Vasco les entregará un mapa en blanco, porque las concentraciones que se están midiendo estos días son un millón de veces menores a los límites de emisión de una incineradora, según el CSIC.

En definitiva, nos queda un largo camino para mejorar la gestión de nuestros residuos municipales y ya hemos comprobado que no basta con inaugurar plantas de tratamiento de muy diverso tipo ni con ampliar la recogida selectiva. Hemos de hacer inversiones importantes en plantas de valorización térmica y habrá que utilizar la persuasión. Pero esto siempre es difícil cuando un oponente acude a los sentimientos y rehúye un debate racional.

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