Joaquín Aurioles

Universidad de Málaga

Política monetaria, banca e incertidumbre financiera

El Banco Central Europeo agota su munición convencional ante la ralentización de la economía Una recesión en Europa es todavía improbable, pero cada vez lo es menos

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El Banco Central Europeo (BCE) agota su munición, cuando todavía existen dudas sobre si la economía europea entrará o no en recesión. Al menos, la munición convencional, aunque lo cierto es que hace ya bastante tiempo, en concreto, ocho años, desde que Mario Draghi llegara a la presidencia del BCE, que la política monetaria europea decidió situarse al margen de los convencionalismos. La gran aliada de Draghi para desarrollar su potente estratega monetaria, frente a la obstrucción alemana y holandesa, ha sido una inflación por debajo del objetivo a medio plazo (inferior, pero cercana al 2%). El BCE entendió con Draghi, y así lo reconoció el Tribunal de Justicia Europeo, que se daban las circunstancias para utilizar el potente arsenal monetario para acabar con la crisis de deuda soberana y con la inestabilidad financiera derivada del extravagante comportamiento de las primas de riesgo. Gracias a ello se consiguió enderezar de un plumazo la situación, aunque asumiendo el riesgo de agotar las reservas de munición para hacer frente a crisis futuras.

La recesión en Europa es todavía improbable, pero cada vez menos, vino a decir Draghi en su comunicación del pasado jueves, por lo que, dando una nueva vuelta de tuerca a su inspiración, se sacó de la chistera, aunque ya se esperaba, un nuevo paquete de estímulos que incluye la reducción (de -0,4 a -0,5) del tipo de interés que cobra a los bancos por sus depósitos y el regreso del programa de compra de deuda (20.000 millones de euros mensuales). El Brexit y una guerra comercial que deja especialmente tocada a la economía alemana justifican una intervención de carácter preventivo, pero que algunos entienden excesiva porque todavía estamos en el terreno de las conjeturas sobre el potencial deterioro de la situación y por la desoladora herencia que deja a su sucesora, Christine Lagarde, en términos de margen de maniobra para la intervención.

Pocas dudas puede haber sobre la resuelta decisión de Draghi de utilizar todas las herramientas a su disposición para hacer frente a la crítica situación de la economía europea cuando llegó al BCE. No tardaron en aparecer las consecuencias de tanta energía. Primero en forma de recuperación del crecimiento en las economías periféricas y de retorno de la estabilidad financiera, pero más adelante en forma de profunda transformación del negocio bancario. Los bancos ya no tienen necesidad de competir por el ahorro de los particulares, porque las subastas del BCE proporcionan toda la liquidez que necesitan, a coste cero desde marzo de 2016. Es lógico, por tanto, que se nieguen a remunerar los depósitos de sus clientes y que incluso se planteen cobrarles por la custodia.

Tampoco tienen incentivos para buscar clientes de activo, es decir, a los que prestarles dinero, salvo que estén dispuestos a pagar un interés lo suficientemente elevado o sean de la máxima confianza. Existen otras posibilidades para colocar sus recursos, con márgenes estrechos pero seguros, que además permiten continuar con la tarea de sanear unos balances donde todavía son visibles los restos del estallido de la burbuja financiera en 2008. De esta forma, los bancos han ido abandonando progresivamente su tradicional función de intermediación financiera entre particulares, dejando el campo libre a otros operadores no bancarios de base digital, que lo han ocupado con intención no solo de quedarse, sino de continuar aumentando su cuota de mercado.

Las profundas transformaciones que ha experimentado el sector bancario en Europa y en el resto del mundo no son únicamente consecuencia de las estrategias monetarias de los bancos centrales contra la crisis, pero sin duda han contribuido y la realidad es que sobre el panorama financiero internacional se ciernen algunas amenazas desconcertantes. Una de ellas es la inversión de la curva de tipos de interés. Otra, la formación de una burbuja de depósitos.

La aparición de una curva invertida de tipos de interés (la rentabilidad de la deuda a corto es mayor que a largo) no es un hecho insólito, pero si una peculiaridad e incluso un mal augurio. Peculiar porque sugiere mayor desconfianza en lo inmediato que en el largo plazo, a pesar del riesgo que obviamente introduce la lejanía de los vencimientos. Mal augurio porque hay quien interpreta su formación como anuncio de la proximidad de una crisis. La última se produjo en 2007.

Lo de los depósitos en los bancos puede ser todavía más inquietante. En la zona euro ya se han superado los 11 billones de euros (en España 1,4 billones), sin que nadie sepa que se puede hacer con ellos. Los bancos no parecen dispuestos a pelear por captarlos, dadas las facilidades que encuentran en el BCE, pero los ahorradores no se deciden a buscar alternativas más rentables, dada la incertidumbre económica dominante. De momento, la banca sigue siendo la opción preferida (más de 400 mil millones de euros de incremento entre enero y julio, tanto como en todo 2018), lo que acerca peligrosamente el momento en que los bancos puedan plantearse cobrar a sus clientes, aunque el verdadero problema de fondo es otro: existe un grave exceso de liquidez en la zona euro y la historia nos enseña que los excesos monetarios terminan pasando factura en forma de crisis. El consuelo es que, en esta ocasión, no viene acompañado de inflación activos, lo que sin duda reduce considerablemente el riesgo.

Pero, ¿qué debe hacer un banco central en esta situación? El terreno sigue siendo propicio para la creatividad y el abandono de los convencionalismos, lo que abre un buen número de posibilidades. Por ejemplo, la de comenzar a operar directamente en la economía real, liberando a la banca de la responsabilidad de ser la única y exclusiva vía de transmisión de los impulsos monetarios a la economía real.

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