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Tribuna Económica

carmen pérez

Universidad de Sevilla

Se llama a filas a la banca

Se combate al virus en el campo sanitario y se combate al mismo tiempo la devastación económica que provocan la medidas necesarias para frenarlo. Y para librar esta guerra económica paralela se ha reclutado a la banca. La llamada a filas la inició el pasado jueves la presidenta del BCE, Christine Lagarde. Les abrió el arsenal para que se armaran de munición de forma barata: podrán disponer de todo el dinero que quieran, y si lo utilizan para prestárselo a las pymes afectadas por el coronavirus, además lo tendrán incentivado. De forma simultánea, la supervisión bancaria les relajó temporalmente los requerimientos regulatorios para dejarles con mayor libertad de movimiento.

Y también la presidenta Lagarde dejó orquestada la guinda imprescindible para que esta infantería que había convocado funcionara: el llamamiento a "una postura fiscal ambiciosa y coordinada". En un momento en que los bancos no darían a las empresas ni un euro por las caídas en sus facturaciones y por la intensa incertidumbre que nos acompaña, se hacía preciso que desde lo público se sacara pecho y se asumiera el riesgo que esos préstamos llevan incorporado (Nótese esta esencial diferencia con la crisis de 2008). Lo ideal hubiera sido que fuera Europa la que diera el paso, pero incapaz de actuar unida se ha vuelto a decretar que cada palo aguante su vela, y a lo más que ha llegado es a consentir que los déficits puedan dispararse, pero cada país tendrá en el futuro que lidiar con ello de forma aislada.

En esa línea, nuestro presidente ha establecido esta semana el máximo riesgo que está dispuesto a asumir el Estado. Ha ofrecido avalar hasta 100.000 millones de euros los préstamos que conceda nuestro ejército bancario. A los bancos le interesa dar operaciones, es su negocio. Ayudar también es una oportunidad para limpiar su reputación que sigue aún dañada por la crisis financiera pasada. Además son los primeros interesados en que la economía no caiga; su situación es tan delicada que su supervivencia depende en gran medida del éxito de esta campaña que se ha puesto en marcha.

El riesgo público es muy alto. Incluso contando con la entrega y el mejor hacer de estas entidades, parte de esos 100.000 millones en avales se terminarán traduciendo en gasto por los préstamos que terminen fallando. Y la deuda pública se elevará a unos niveles más insostenibles de los que ya viene marcando. El coste del bono español a 10 años ha ido acusando esta posibilidad y se disparó del 0,2% al 1,3% .

El BCE ha salido también al quite de esto. Para evitar nuevos bucles perversos el miércoles noche se comprometió a comprar 750.000 millones más de bonos soberanos. Pero los gobiernos de la eurozona no deberían agarrarse sólo a esta magia financiera desplegada. Deberían actuar, ¡y ya!, para equilibrar la balanza fiscal por impopulares que sean las medidas que tengan que terminar planteando. No sólo eliminando todo gasto prescindible en estos momentos dramáticos sino con el sacrificio de aquellos colectivos con más holgura económica y de aquellos que no viven con angustia la evaporación de sus ingresos. Toca solidaridad para ajustar la economía por estas dos guerras que estamos librando.

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