Tribuna Económica

Rogelio velasco

El nuevo mercantilismo de Trump

Durante toda la Edad Media y hasta finales del siglo XVIII, la idea que los economistas tenían -y que los gobernantes practicaban- acerca del papel del Estado era de un intervencionismo generalizado sobre la actividad de las personas y de las empresas. Todas las intervenciones estaban orientadas a aumentar el poder del Estado.

El progreso económico se medía en términos del daño que se infligía a los países con los que se mantenían conflictos seculares. Era la política de empobrecer al vecino por cualquier medio. Una de las formas de medir la superioridad sobre otros países era el saldo positivo de la balanza comercial. Cuanto mayor fuera ese saldo, mayores eran las ventas sobre las compras al exterior, mayor sería la entrada de oro desde el resto del mundo y mayor sería también la balanza de empleo, esto es, más elevado sería el volumen de empleo que generaban las exportaciones respecto del que se perdía por las importaciones.

Estas ideas fueron rebatidas de manera simple y brillante por Adam Smith y, más tarde, de forma más sofisticada por David Ricardo. Desde entonces, ninguna corriente de pensamiento económico sostiene las ideas tan simples, y erróneas, del mercantilismo. Al final, éste se resume en que un país es competitivo y poderoso si su balanza comercial muestra permanentemente signo positivo. Ésta es la idea tan simple que defiende el nuevo presidente de Estados Unidos.

En el análisis económico tradicional, la introducción de un arancel sobre las importaciones genera un efecto negativo sobre los consumidores, que pagan más y consumen menos, y es positivo para el Gobierno, que recauda más impuestos, y las empresas de los sectores sobre los que se impone el arancel, que aumentan sus beneficios.

Sin embargo, en el caso de las relaciones México-Estados Unidos el resultado sería mucho peor, tanto en términos de consumo como de beneficio de las empresas. Como consecuencia de la integración de las cadenas de valor internacionales, muchos de los productos acabados en Estados Unidos o importados desde México pasan por distintas fases en las que están implicadas empresas de ambos países.

El nylon mexicano que se utiliza para fabricar cinturones de seguridad se exporta y teje en Canadá, para después ser exportado para el teñido y cortado en México, instalándose en los coches que después son exportados a Estados Unidos y Canadá. Los airbags se fabrican en México, pero se prueban en Estados Unidos. La lista de productos con esta estructura de la cadena de valor es muy larga.

Si Trump va en serio con la imposición de un arancel a las exportaciones mexicanas, generará un daño extraordinario a muchas empresas de su país, que hoy se aprovisionan de productos semielaborados producidos en México y que en su país ya no existen, después de 15 años de funcionamiento del acuerdo de libre comercio entre los tres países de América del Norte. Además, con unos salarios que son seis veces superiores a los de su vecino del sur, el aumento del precio de los productos acabados será considerable y puede complicar aún más la situación, si parte de ese comercio y del empleo asociado se desvía a Corea y a China.

Esperemos que alguno de sus asesores con luces persuada a Trump a cambiar de opinión para no infligirse daño a sí mismo.

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