2015 Elecciones Generales

Los masterchef de los partidos

  • Nos están vendiendo un duelo a muerte entre vieja y nueva política pero lo que vemos está sumido en una espiral de clichés No sólo las encuestas nos llegan estratégicamente aderezadas

SI justo hoy se hiciera una encuesta sobre intención de voto, el nivel de indecisión del 40% sobre el que alertaba el CIS hace sólo una semana probablemente se haya disparado. Y soy comedida. Más que "decisivos", los debates televisivos se han convertido en tsunamis de comunicación; en burbujas de marketing y desinformación. Serán más flexibles, los líderes estarán más expuestos sin atriles, pero ni renuncian al monólogo ni bajan de las formas al fondo.

En teoría, los debates se inventaron para contraponer ideas, examinar la solidez de los candidatos y ayudarnos a los votantes a decidir. Puede que el tiempo de la nueva política haya impuesto un nuevo tiempo de debate pero la conclusión es penosa: las lecturas son todas en negativo. En destructivo y con morbo.

Me parece inaudito que hoy sepa que Albert Rivera se puso un traje con hombreras para parecer mayor y siga sin tener ni idea de cómo Ciudadanos piensa resolver el desafío catalán ni si realmente le cuadra el Excel cuando baja los impuestos y se compromete a no realizar más recortes. ¿Ilusión? Tampoco me encajan los cálculos optimistas del PP jugando todas sus cartas a una España "en crecimiento" más que cuestionable ni me convence el momento futuro-nostalgia que invocan los socialistas incapaces de frenar la sangría de apoyos que ya se van por igual a derecha y a izquierda. Que hasta al partido del Gobierno le interese aupar a Pablo Iglesias corroborando su "remontada" debería preocuparnos tanto como ver a Podemos dar por descartado a Pedro Sánchez.

¿Sabríamos diferenciar lo que realmente ocurrió en el debate de Atresmedia del lunes de lo que nos han contado? ¿Sería capaz de asegurar que su opinión es suya y no de los tertulianos? ¿No de las maquinarias de los partidos?

En La política y el arte de actuar, Arthur Miller se pregunta por quién votamos en realidad: "¿Por el personaje seguro de sí mismo, que exhibe una dignidad, una moralidad ejemplar y un coraje suficientes para ser nuestro guía en caso de guerra o depresión o por el que, sencillamente, tiene bastante maña para caracterizar una imitación de este tipo de hombre con la ayuda de un asesor profesional, de un buen sastre de ejecutivos y de toda la panoplia de medios tecnológicos que se pueden utilizar para adiestrar a un presidente?".

De lo que habla Miller es de las cocinas de los partidos. De los masterchef de la política. No sólo las encuestas llegan a nuestras mesas estratégicamente aderezadas. En el mundo anglosajón se les conoce como spin doctors. El término se popularizó hacia 1900 para aludir a agentes de prensa, personas de confianza del político, que desde la sombra realizaban el trabajo menos lucido para conseguir que el líder adquiriera notoriedad y gozara de la mayor respetabilidad. Le doy más claves: spin significa hilar, cambiar de sentido y, referido al deporte, dar un golpe de efecto, directamente "manipular".

Aplique todo esto a la campaña del 20-D, llévelo al momento estelar de los debates, piense ahora en los candidatos y en sus directores de escena y analice los titulares y los mensajes que está recibiendo. Todo está congelado y precocinado, ni siquiera nos sorprenden con una pizca de creatividad.

Tal vez debamos empezar a defendernos cuestionándolo todo. Lo colateral y lo esencial. Desde la derrota de Rajoy con su retiro de Doñana a la amortización de Sánchez. Incluso lo que nos han lanzado con certificado de autenticidad: nos están vendiendo un duelo a muerte entre vieja y nueva política pero lo que acabamos viendo está sumido en una verdadera espiral de clichés. Y enterramos y revivimos la derecha y la izquierda con la misma frivolidad con que las encuestas nos obligan a replantear los escenarios de pactos.

El sociólogo Raymond Aron, uno de los colaboradores más estrechos de De Gaulle, decía que "se puede mantener el poder sin ideas, pero no se puede recuperar sin ellas". El verdadero desafío de la política actual no debería ser nueva sin más sino demostrar que no está vacía. Que no es un fraude. Que es importante lo que se dice, no sólo cómo se dice y cómo lo perciben los votantes.

Sería inútil cuestionar que en este objetivo, tan clave es el papel de los líderes (si de verdad los hay) como el de los estrategas de la comunicación, los spin doctors. Pero no sucumbamos al sucedáneo.

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