josé manuel belmonte, Escultor

"El arte me cambió, me hizo mucho más permisivo y tolerante"

"El arte me cambió, me hizo mucho más permisivo y tolerante" "El arte me cambió, me hizo mucho más permisivo y tolerante"

"El arte me cambió, me hizo mucho más permisivo y tolerante" / e. d.

-Belmonte, usted es escultor en tierra de poetas y pintores, y además muy vocacional. ¿Cómo nació esa vocación?

-Ocurrió por casualidad, como tantas cosas. Yo tenía que hacer la mili, pero salí excedente de cupo y eso me llevó a matricularme en la Escuela de Artes y Oficios de Córdoba. En mi entorno no tenía referentes, pero allí me di cuenta de que la escultura y el arte eran lo mío. Pasé, para mi sorpresa, de ser un rotundo fracaso escolar a tener un expediente brillante. Descubrí mi vocación así, por casualidad, y llegó hasta tal punto que en las vacaciones me deprimía.

-La técnica siempre le ha preocupado, como si supiese desde joven que lo suyo es un oficio duro.

-Sí, en la escuela hice la especialidad en vaciado y en talla en madera, pero mi intención ya entonces era tener una formación amplia para hacer frente a todos los problemas técnicos que me iba a encontrar. No quería tener limitaciones. Por esa época Cajasur me ofreció una beca, y con ella me fui a Florencia, donde quería aprender la talla del mármol. En Florencia no encontré lo que buscaba, pero en un viaje descubrí Pietrasanta, y eso sí que fue otro gran hallazgo. Estuve allí con el maestro Ristro Gianini, que me aceptó en su taller. Me pasé un año entero, viajando mucho por Italia. Livorno, Pisa... Allí adquirí mi compromiso con el arte. Recuerdo que una noche me tomé un par de copas de whisky, cogí un papel y escribí que quería ser escultor y lo que yo pensaba que debía de tener mi obra.

-¿Cómo fue su regreso a su tierra, a Córdoba?

-Después de Italia estuve unos meses en Singapur y luego volví a Córdoba. Yo pensaba que tendría encargos desde el principio, pero no. Nadie me llamaba. Comencé a tener algún que otro contacto, y de ahí vino la opción de hacer de negro para un célebre escultor español, cuyo nombre prefiero guardarme. Para él trabajé siete años, que me permitieron ganar dinero y trabajar en grandes obras escultóricas. Pero cuando pude lo dejé, porque era muy duro ver como los aplausos por lo que uno hacía se los llevaba otro. En aquel momento era lo que tocaba. Sin aquel dinero no podría haber hecho lo que luego hice, mi obra personal. Y me siento satisfecho, porque desde los 17 años que empecé hasta hoy no he cejado en mi empeño. Toda mi vida gira en torno al arte, que no es para mí una forma de ganarme la vida sino una forma de mirar la vida. El arte me ha hecho ser más permisivo, tolerante. De todo trato de aprender.

-¿Los escultores, cuando lo son de verdad, suelen considerarse más artesanos que artistas?

-Claro, es que sin esa artesanía no se puede ser escultor. Mire, un pintor puede crear con un caballete, un lienzo, sus óleos y sus pinceles. Se pone un calefactor debajo y un cafelito o un cubata en la mesa y ya puede comenzar. Yo, sin embargo, no puedo hacer eso. Tengo que ser herrero, pagar el barro, hacer el molde, trabajar con resina, con bronce, con madera... Yo aprendí todos los procesos, y en Italia se sorprendían porque allí trabajan en cadena, cada uno especializándose en algo. Yo no creo en eso, sino que pienso que el arte nace del individuo. Aún hoy sigo trabajando solo y es imposible cuando hago todas esas cosas que no me sienta artesano. Si yo pongo a alguien a lijar igual estropea lo que he hecho antes, y por ahí no quiero pasar. Soy muy bestia, me pego unos lotes de trabajar que no veas, pero tiene que ser así.

-¿Cómo llega un cordobés criado a 40 grados a convertirse en campeón mundial de escultura sobre hielo?

-Esos son experimentos. He participado en muchos. Lo del hielo no es tan raro, pues al final la escultura se basa en el dibujo, un dibujo que luego se convierte en tres dimensiones. Si controlas el volumen, el material es lo de menos. Para las Olimpiadas de Invierno de Turín estuve trabajando tres meses, un proyecto precioso con Norman Foster, con Jaume Plensa, con Yoko Ono...

-Hace unas semanas Facebook censuró una foto suya con la escultura de una mujer mastectomizada, algo que acabó haciéndose viral. ¿Cómo se lleva esta censura tan singular?

-Sienta mal. Porque esta obra es una reivindicación de la mujer, que trata de hacer visible un problema. No entiendo que se censure. La escultura, más allá de eso, ha tenido un gran éxito nada más hacerla pública. Asociaciones contra el cáncer y mujeres mastectomizadas me han dado las gracias y con eso me quedo, no con la censura de un robot. Ojalá sirva para que se dediquen más fondos a la lucha contra esta enfermedad.

-Otra parte de su obra es la pública, fuente de alegrías y de algún que otro enfado.

-Sí, eso está ahí, y es una parte del artista. Hay una parte de mi obra que la hago con total libertad y otra que procede de encargos. Y, sí, como dice me ha dado alegrías y cabreos. La mayor alegría, que algunas obras se hayan hecho muy populares. La regadora de Córdoba, por ejemplo, que se ha convertido en un símbolo de los Patios y en fetiche para turistas. Los cabreos proceden de la falta de civismo, de esos días en los que me avisan de que tal o cual escultura ha amanecido con pintadas. Eso duele y creo que las administraciones públicas deben hacer más. De todos modos, pienso que las esculturas públicas educan, crean sensibilidad, y ellas mismas son positivas para ir generando una conciencia más cívica.

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