Jaime Rodríguez-Sacristán. Psiquiatra y ensayista

“La gente desea dar y recibir ternura, pero se avergüenza”

  • Nació en Benaoján (Málaga) en 1946. Su padre era maestro y probó varios destinos para quedarse en Sevilla. Es el único catedrático de Psiquiatría Infantil de España, ha investigado en Latinoamérica y ha colaborado en proyectos de la Unesco. En 1973 pasó dos meses viviendo en Ecuador, frente al impresionante Río Guayas, nombre que luce la puerta de su casa, a escasos metros del estadio del Betis, su equipo. Su obra y su trayectoria rezuma humanismo y sentimientos, como los que analizó en la poesía de Cernuda. Ahora dedica la mayor parte de su tiempo a la Real Academia de Medicina de Sevilla, que preside, y elabora un estudio sobre el perfil de los sevillanos.

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 La lectura de Ternura, de Gabriela Mistral, le inspiró hace décadas. Tras estudiar los vacíos interiores, las soledades y otros males actuales, ahora, como ya hicieron los poetas, firma su Elogio a la ternura (Almuzara). Una palabra que se usa desde el siglo XIII y que el desamor se ha encargado de borrar.

–¿La ternura está  en peligro?

–Todavía está muy ausente en las personas, sobre todo, en la edad adulta, pero va a mejor, va creciendo y cada vez hay más hombres, sobre todo, que se interesan por recuperarla en sus vidas.

–¿Es más cosa de mujeres?

–La mujer entiende mejor la ternura. Es discutible, pero yo creo que hay una predisposición temperamental,  cerebral, a que sea más tierna, igual que siente su instinto maternal. Lo peor es la estupidez del varón de creerse que ser tierno es rechazable porque es femenino. 

–La palabra tiene un matiz de fragilidad: la mujer tierna es débil y el hombre, ambiguo .

–La ternura no es debilidad, aunque en el diccionario tiene ese significado también. Pero es una lástima que las personas no sepan entender que se puede y se debe ser tierno. La gente está deseando que se le mire con afecto y acercamiento. Todos necesitan dar y recibir ternura y hay que perder la vergüenza.

–Siempre se relaciona con un niño,  ¿tiene la ternura edad?

–No. A los dos meses de vida hay un diálogo precioso: la madre coge al niño, lo mira, toca, achucha y le dice ¡ay mi niño!. Eso es ternura: una sonrisa, una mirada, una caricia, una palabra. Son caminos que se van perdiendo en la adolescencia, cuando tanta falta hace, por vergüenza, y en la edad adulta se mantiene en la pareja, al principio, y luego desaparece.

–¿A qué da paso?

–Al desamor, es antiternura porque sigue los mismos caminos, pero al revés. Es frialdad, rechazo, alejamiento, silencio, desconfianza...

–A veces suena a poesía.

–A cursi, pero no lo es. Aunque los poetas son los que mejor entienden la ternura.  Bécquer ya lo decía: Por una mirada, un mundo/por una sonrisa, un cielo/ por un beso... No hay que estar en éxtasis, ternura es darle un fuerte abrazo a un amigo o  un beso.

–Hay obstáculos culturales.

–En algunas culturas se puede entender como incitación al sexo, en el sur de Europa el contacto es más cercano.

–¿Hay personas más capacitadas para expresar ternura?

–Sí, al igual que las hay  más bellas o más simpáticas. Eso se nota a la legua. Y hay quien no puede expresar ternura. El nombre técnico es alexitimia, dificultad para la lectura de los sentimientos.  

–¿Y no sienten?

–Hay parejas que se atraen sólo por el sexo. Su convivencia no puede ser buena sin comunicación afectiva. El desamor lleva a la infidelidad, que es falta de fe.

–¿Es algo religioso?

–La ternura está en la caridad cristiana y también en la compasión y simpatía de la espiritualidad oriental. 

–El desamor va en aumento.

–Y los divorcios.. Yo hablo de la pareja Ikea, que aplica a su relación este esquema: cambio, barato y libertad. En el plano comercial ha tenido mucho éxito, pero no hablamos de muebles sino de personas. La gente dice que tiene libertad para cambiar de pareja cuando quiera y por poco coste. Pero las heridas del desamor no salen baratas. Hoy se dice muy pronto que se han enamorado,  pero eso no es querer.

–¿Qué es querer?

–Querer viene de quaero,  como curar, que significa atender atentamente a quien tiene una enfermedad, quitarle conflictos. En los pueblos aún se dice esos dos se quieren. Es menos confuso.

–Hay mucha confusión social. 

–Mucha gente dislocada, fuera de su sitio. La gente no se comunica ni expresa y eso deriva en depresión. La OMS dice que es el gran problema del siglo XXI. Nunca ha habido tanta tristeza severa. 

–¿La ternura la curaría?

–No es una medicina que lo cura todo, pero muchos problemas se aminorarían.  Suena a sermón, pero hablamos de cosas que afectan a todos.

–También a los niños, ¿no?

–Crecen en el desamor y todo eso deriva en odio, que lleva al extremo de la violencia de género. 

–¿Y se puede enseñar a expresar y sentir ternura?

–Claro. Están proliferando, también en España, asociaciones tipo Cuddle Party que fomentan reuniones para expresar y transmitir ternura. No son fiestas para ligar, es algo que va más allá del sexo. 

–¿Hay formación para ello?

–No, pero sí mucho interés. Ahora hacen falta auténticos pedagogos que enseñen a dar y recibir ternura, no es fácil. Habría que empezar por la familia y la escuela. 

–¿Seríamos más felices?

–Sin duda. Pruébenlo.

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