Entrevistas

"Mi tiempo es de guerras ganadas con final feliz"

-¿Qué recuerda de la Guerra Civil?

-Tenía cinco años. Recuerdo muchas cosas, las conté en el libro El rey mago y el elefante. La gente cree que la guerra surgió por casualidad. Se mascaba en el ambiente. Mi padre había sido alcalde de la CEDA en Zufre.

-¿Su tiempo es de guerras perdidas, ganadas o empatadas?

-De guerras ganadas y con final feliz.

-Sus fastos coinciden con los de Caballero Bonald. ¿Se cruzaron destinos?

-Coincidimos, y mantuvimos una polémica cuando apareció su libro de Memorias. Hay una especie de prestigio que se lo administra muy bien de hombre culto, viajado, discreto, mesuradamente golfo.

-Tiene 25 años cuando le dan el Nobel a Juan Ramón. ¿Cómo lo recuerda?

-Con alegría y entusiasmo. Seguidas de la tragedia inmediata, la muerte de Zenobia primero y de Juan Ramón después. Y el traslado de los cadáveres desde Puerto Rico a España en una caravana de poetas que organizó el Ministerio.

-Tiene dos hijos que viven uno en Filadelfia, otro en Viena, una hija que es norteamericana consorte y dos hijas monjas. ¿Está España para irse fuera o para irse dentro?

-Las dos monjas son muy cosmopolitas. Una nació en Ginebra y hablaba cuatro idiomas desde pequeñita. La otra estudió en Estados Unidos, hizo el doctorado y después recibió la llamada de la vocación.

-¿Vivió un exilio interior?

-No me gusta hablar de exilio. He vivido mucho tiempo en el extranjero, incluso cuando estuve en España. Uno de mis trabajos fue de asistente de un coronel en la base norteamericana de Morón.

-Media generación del 27 se va, media se queda...

-Pero se llevaban muy bien. Yo asistí al reencuentro de Alberti y Dámaso.

-¿Frecuentó las tertulias del Nobel Aleixandre en su casa de Velintonia?

-Fui muy amigo suyo. Un poeta extraordinario con el que se podía hablar de lo humano y lo divino.

-¿Coincidió en Roma con Alberti?

-Fuimos vecinos en el mismo barrio. Era una referencia. Estuve carteándome con él antes de conocerlo físicamente en París en 1965. Yo vivía en Ginebra y él volvía de la Unión Soviética con María Teresa León.

-De los dos éxitos de 2010, ¿qué hizo más por el idioma español, el gol de Iniesta en la final del Mundial o el Nobel a Mario Vargas Llosa?

-El Nobel a Vargas Llosa fue un premio a la hispanidad, se hizo escritor en España. Como escritor de minorías, yo no me voy a comparar con Vargas Llosa, que es un escritor de masas; pero son masas distintas las que leen a Vargas Llosa y las que van a un estadio.

-Tradujo a Camoens. ¿Sabe que Mourinho empezó de traductor?

-Es curioso ser colega de Mourinho.

-¿Falta un Chesterton en España?

-Aquí silenciamos a autores que resultan incómodos al orden cultural establecido. Cogieron con pinzas el centenario de Marcelino Menéndez Pelayo.

-Vuelve a España, 1975, y coincide con otro centenario, el del nacimiento de Antonio Machado.

-La polémica entonces era si había que repatriar o no los restos de Machado. Las cosas que yo digo resulta que viene un socialista y me da la razón. En este caso fue Alfonso Guerra para decir que los restos de Antonio Machado estaban muy bien donde estaban. Es parte de la historia. Ya está bien de usar los muertos como arma arrojadiza.

-¿España era reacia a la apertura de los sesenta?

-Aquí las cosas entraban igual que en todos sitios. La gran penetración marxista por la operación Gramsci, que funcionó muy bien. Se metió en todas las instituciones incluso en la Iglesia, sobre todo en la Iglesia.

-¿Franco se enteraba?

-Yo creo que sí, a pesar de que en los consejos de ministros Fernández de la Mora tronaba contra los clérigos progres.

-¿Hay que ser ecologista para escribir El mito de Doñana?

-Yo soy ecólogo, pero no ecologista. Defensor de la ecología tal como la defendía Theodor Haeckel, medio para alcanzar la armonía a través de la naturaleza. Pero no simpatizo con el ecologismo militante, uno de los cuatro jinetes del apocalipsis de la modernidad, según el filósofo Alejandro Llano.

-Ha escrito sobre Los hermanos Karamazov. ¿Estuvo en Rusia?

-Sí, aunque el primer país de esa zona que visité fue Checoslovaquia. En 1963.

-Ese año muere Cernuda.

-Y Kennedy. Cuando matan a Kennedy yo estaba en Estados Unidos recién casado. Llegué a México y Max Aub me dio la noticia de la muerte de Cernuda.

-1989. Nobel de Cela y caída del muro de Berlín. ¿Qué le concierne más?

-Trabajé para Cela y estaba en Alemania cuando cayó el muro. Como soy defensor de las causas perdidas, ese día me fui en Wupperthal a la casa-museo de Engels, donde está la Oda a la Imprenta de Quintana traducida al alemán.

-¿Cómo vivió la prohibición del homenaje a Foxá?

-Ojalá y me pasara más veces con otros libros míos. Me hubiera gustado haber ido al juicio como testigo de descargo de la señora Medrano (la concejal de IU en el Ayuntamiento de Sevilla que vetó el acto). Sin ella, hubiera pasado ni fú ni fa, como el homenaje a José Antonio, que lo hicimos en el sótano de un hotel sin que nadie se enterase. Se reeditó Madrid de corte a checa y un diplomático se recorrió media España con una biografía de Agustín de Foxá.

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