Las claves

Pilar Cernuda

Marruecos: mejor llevarse bien

España tiene el deber, como en las últimas décadas, de mantener engrasadas las relaciones con el país norteafricano, aunque Sánchez e Iglesias no se dan por enterados

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el rey Mohamed VI de Marruecos durante una reunión en el Palacio Real de Rabat en noviembre de 2018.. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el rey Mohamed VI de Marruecos durante una reunión en el Palacio Real de Rabat en noviembre de 2018..

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el rey Mohamed VI de Marruecos durante una reunión en el Palacio Real de Rabat en noviembre de 2018.. / Ballesteros (EFE)

No es una cuestión menor. Las relaciones con Marruecos inciden directamente en muchos aspectos de la vida social, política y económica española y en su seguridad interna; es la razón de que desde el inicio de la democracia los sucesivos ejecutivos han dado un trato preferencial a las relaciones entre los dos países y, tradicionalmente, Marruecos era el primero que visitaban los presidentes. Excepto Pedro Sánchez.

Pidió cita con Mohamed VI cuando accedió a La Moncloa a través de la moción de censura de junio de 2018, pero el rey no le dio fecha hasta meses más tarde alegando problemas de agenda. A principios de 2020, tras iniciar un nuevo mandato después de ganar las elecciones y superar la investidura, ya dejó de lado la programación de una visita a ese país, aunque acudirá el 17 de este mes a la cumbre bianual entre los dos países, una vez en Marruecos y otra en España. Sin embargo, Mohamed VI no ha concretado hasta ahora un encuentro con el líder español, habitual al finalizar las cumbres: Palacio alega que la pandemia no aconseja reuniones a Mohamed VI, que desde hace tiempo está delicado de salud.

A nadie se le escapa que se trata de una excusa, porque además hace tiempo que Marruecos da toda clase de pistas sobre la incomodidad que siente ante decisiones del Gobierno español que ve lesivas. No es casual que en las últimas semanas haya habido una llegada masiva de cayucos y pateras a la costa canaria, provocando un problema de gravísimas consecuencias humanitarias, sanitarias y económicas. También políticas, con un Gobierno regional desbordado por la situación y un Ejecutivo central criticado por su incapacidad de gestionar un problema que se agrava y que ha recibido incluso críticas de organizaciones internacionales que velan por la defensa de derechos humanos.

Denuncian el trato por los miles de emigrantes que se han hacinado en campamentos sin las necesarias condiciones, aunque el Gobierno regional hizo un gran esfuerzo al alojar a muchos en hoteles. Finalmente se ha permitido que una parte hayan sido trasladados a la Península con una ayuda económica mínima, con la esperanza de que crucen a Francia y encuentren una forma de vida en algún país de la UE, reto de la mayoría de magrebíes y subsaharianos que arriesgan su vida y entregan a las mafias los ahorros de años para el pasaje que, lo saben, igual les conduce a la muerte que a posibilidad de tener un trabajo y un techo bajo el que cobijarse.

Los viajes de Marlaska y Laya no han servido para nada, Marruecos marca distancias con un Gobierno que, dicen personas que se mueven por Palacio Real, no pierde ocasión de agredir verbalmente a su país y a su rey. Las últimas declaraciones de Pablo Iglesias, hace unos días, han echado mucha más leña al fuego. Exigía la celebración “sin más demora, de un referéndum libre, limpio e imparcial para la libre determinación del pueblo del Sahara Occidental”.

La apuesta del turismo

El referéndum tendría que celebrarse en algún momento porque así lo ha decidido la ONU y cuenta con el respaldo de los gobiernos españoles, respetuosos con las resoluciones de ese organismo; pero se aplaza sine die porque ni a España ni a la ONU les conviene tensar más la cuerda con Marruecos.

La excusa para la no celebración ha sido siempre la misma, el censo. España defendía que se utilizara el vigente cuando se firmó el Tratado de Madrid pocos días antes de la muerte de Franco entre España, Marruecos y Mauritania, en el que la antigua colonia española se repartía entre Marruecos y Mauritania. Ésta renunció posteriormente a ese territorio mientras que Marruecos se lo anexionó como provincia y dedicó grandes inversiones para convertir sus dos principales ciudades: El Aaiún y Villa Cisneros –actual Dajla– en asentamientos masivos de marroquíes, que mejoraron su calidad de vida con empleos y buenos negocios, sobre todo Dajla, con playas vírgenes muy atractivas para el turismo, que encontraron también las condiciones adecuadas para el surf.

El Frente Polisario, que desde antes de la firma del tratado reivindicaba la independencia del Sahara, se resistió a abandonarlo y emprendió una guerra de guerrillas contra Marruecos y una importante operación diplomática que se prolongó durante años. Marruecos respondió con dureza, mantuvo sus inversiones para atraer a familias marroquíes, construyó un muro de más de 2.000 kilómetros para proteger el Sahara Occidental con militares vigilando permanentemente la frontera y dedicó a esa defensa militar el mayor porcentaje de su presupuesto.

Gran parte de los antiguos habitantes del Sahara, bajo el paraguas del Frente Polisario, se instalaron en la parte más occidental de Argelia, donde montaron sus campamentos en Tinduf, centro de toda la actividad política, diplomática y militar de los saharauis, que crearon una República Arabe Saharaui Democrática.

La cuestión del censo que debe servirade base al referéndum es importante: hoy la mayoría de la población es marroquí, después de más de 40 años de ocupación y tratamiento como provincia; en cuando al vigente en el 76, que reclamaba el Polisario, transcurrido el tiempo tampoco conviene al Frente Polisario, pues la mayoría de los saharauis de entonces ya han fallecido.

Don Juan Carlos

A todas esas dificultades políticas que impregnan las relaciones entre España y Marruecos se suma la proximidad geográfica y que España es para millones de emigrantes la puerta a Europa. Con un problema añadido: la eterna reivindicación marroquí sobre Ceuta y Melilla.

En los momentos de mayor tensión, los problemas entre los dos gobiernos se solucionaban, o se apaciguaban, con un telefonazo del rey Juan Carlos a Hassan II primero o a su hijo Mohamed VI después. Juan Carlos serenó ánimos entre Moncloa y los reyes marroquíes cuando se tensaba la cuerda, como cuando Adolfo Suárez y Hassan no ocultaban su profunda animadversión personal.

Todos los gobiernos, y el Jefe de Estado, han dado prioridad a las relaciones con Marruecos porque nos iba mucho en ello. Y se crearon fórmulas de colaboración muy importantes: bajo dirección española se convirtieron en ciudades turísticas la mayoría de las costeras, con construcción de hoteles y formación a marroquíes para que no se vieran obligados a emigrar. Policías españoles no sólo formaron a marroquíes, sino que se llegaron a instalar en comisarías para colaborar en la investigación del terrorismo yihadista y sobre las mafias que se hacían de oro organizando los viajes en cayuco y pateras de miles de emigrantes.

También es muy importante la colaboración en materia agrícola y pesquera, así como en la creación de un tejido industrial promovido por España.

Todo ello se ha hecho con tiempo y esfuerzo, limando asperezas y reticencias. Pero el resultado fue importante, la prueba es que en Canarias se cerraron centros de internamiento temporal por falta de emigrantes a los que atender. La pandemia, pero sobre todo la dejación de las políticas del Gobierno español respecto a Marruecos, han provocado las escenas dantescas que se han visto en Canarias en las últimas semanas, porque además se ha deteriorado de forma significativa la colaboración policial. El viaje de Marlaska se tradujo en nada, Marruecos nos pasa factura. No se trata de una cuestión menor. Para España es fundamental mantener bien engrasadas las relaciones con Marruecos: con su Casa Real, su Gobierno y sus empresarios. Nos va mucho en ello.

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