FESTIVAL DE CINE DE SEVILLA | RETROSPECTIVA

Cecilia Mangini: algo más profundo que la verdad

  • El certamen pone el foco en la obra de la directora italiana, incombustible pionera de la no ficción y colaboradora de Pasolini

Fotograma de 'Un viaggio a Lipari', obra rodada en 2017. Fotograma de 'Un viaggio a Lipari', obra rodada en 2017.

Fotograma de 'Un viaggio a Lipari', obra rodada en 2017.

En un viaje al mitológico archipiélago de las Eolias, la blancura lunar de las minas de piedra pómez le reveló a Cecilia Mangini (Mola di Bari, 1927) "la Italia antigua, inmersa en el tiempo". Y la oportunidad de dar testimonio con su cámara de la vida extrema de aquel lugar encauzó su vocación. Así lo cuenta mucho después en Un viaggio a Lipari (2017), obra incluida en la retrospectiva que le dedica el Festival de Sevilla a esta incombustible pionera de la no ficción.

Le acompañaba en aquel viaje iniciático de 1952, como en tantas otras aventuras profesionales y vitales, su marido, Lino del Fra (Roma, 1927-1997), también cineasta. Con él compartió no solo la búsqueda de "algo que es más profundo que la verdad, porque la verdad no existe", sino el aliento ideológico de esa búsqueda: su identificación libertaria.

Fotografía y cine se entrelazan en la obra de Mangini. En su primer corto, Ignoti alla città (1958), Pier Paolo Pasolini le prestó su escritura de la brusca adolescencia de la periferia romana, colaboración que continuaría en Stendalì (1960) y La canta delle marane (1962). Hay en estos filmes un diálogo continuo entre la voz y unas imágenes que parecen prolongar el plano fijo de la fotografía, exprimiendo la expresividad de los encuadres y su altura. Un tercer elemento, la música, firmada por Egisto Macchi en esas primeras obras, aporta una narratividad convulsa. El conjunto trasciende las propuestas del neorrealismo y del cinéma vérité. Está más cerca de las aspiraciones pasolinianas de un cine de poesía. Y en todo caso configura una manera de mirar y arropar la mirada que perdurará en el largo trayecto posterior de Mangini.

Primer plano de Cecilia Mangini (Mola di Bari, 1927). Primer plano de Cecilia Mangini (Mola di Bari, 1927).

Primer plano de Cecilia Mangini (Mola di Bari, 1927).

Su ideología se tensa en el contraste de sus propias raíces, entre la Apulia de su padre, socialista, y la Toscana de su madre, aristócrata. Emerge en su temprano y permanente rechazo del fascismo (que ella adjetiva en las entrevistas como "endémico") y en el interés por esos ignotti: los desconocidos, los anónimos, los olvidados.

El trabajo le atrae como ámbito en el que detecta las malas maneras del poder, las múltiples formas de la explotación del ser humano por el ser humano: de la siega al sol a la vigilada esclavitud de las cadenas de montaje, pasando por la silenciosa faena doméstica de tantos millones de mujeres. Sobre esto, Essere donne (1965) se alza como una referencia esencial del cine feminista, anticipándose al exponer con claridad asuntos que siguen sin resolverse, como el aprecio de los cuidados o la conciliación de los horarios escolares y laborales.

En 'Maria e i giorni' (1959) capta la vida de una recia anciana pullesa. En 'Maria e i giorni' (1959) capta la vida de una recia anciana pullesa.

En 'Maria e i giorni' (1959) capta la vida de una recia anciana pullesa.

A Mangini le interesan también los ritos, ese entramado de relatos que han favorecido durante siglos la convivencia y la identidad. Pero rechaza la etiqueta del documental etnográfico. Su cámara no parte del asombro neutro sino de la voluntad de comprender al otro. Y no esconde su opinión; dialoga, hace explícito su punto de vista, como por ejemplo en Divino amore (1964), donde invita a mirar una peregrinación desde una expresa posición crítica hacia el poder religioso. O en La passione del grano (1963), donde sigue un ritual de cosecha sin renunciar a valorar lo que en él hay de simulacro revolucionario. O de forma más sutil en Maria e i giorni (1959), donde ensaya una suerte de indisimulable sororidad fílmica con la protagonista, una recia anciana pullesa.

Incluso cuando se aproxima a la ficción, sus polos de interés se mantienen. Ocurre en Tommaso (1965), registro de los sueños quebradizos de un joven que aspira a integrarse en el idílico trabajo industrial, del que se nos muestra en paralelo un reverso documental desgarrador.

Fotografía y cine se entrelazan en la obra de esta mujer libertaria y adelantada a su tiempo

De todas las películas que programa el Festival, la que más se distancia estética y argumentalmente es La scelta (1967), imbuida del influjo de los Nuevos Cines. Y la que deja entrever quizá de forma más frontal la filiación anarquista de la directora es La briglia sul collo (1974), que en la mejor tradición del reportaje sigue al personaje y explora su contexto, interesándose por el pequeño Fabio, estigmatizado ya a los 7 años por la autoridad de su colegio, que lo considera un "inadaptado". Por otro lado, los niños y los adolescentes frecuentan la pantalla con Mangini, como víctimas primeras del desplazamiento y la precariedad en la deshumanizada vida contemporánea, pero también como portadores de una cierta esperanza existencial: "transforman toda injusticia en una antigua y vital alegría" concluye Ignoti alla città en referencia a sus jóvenes protagonistas.

Mangini en Vietnam fotografiada por su marido, como recoge 'Due scatole dimenticate'. Mangini en Vietnam fotografiada por su marido, como recoge 'Due scatole dimenticate'.

Mangini en Vietnam fotografiada por su marido, como recoge 'Due scatole dimenticate'.

Incalculable en cantidad y calidad, su obra fotográfica comparte todas esas claves de su cine. Y el Festival ofrece también una muestra virtual que apenas empieza a compensar la sinrazón de que no se haya expuesto antes en España.

Sobre su fotografía, puede verse asimismo Due scatole dimenticate (2020), película codirigida por Mangini junto a un cómplice Paolo Pisanelli. En ella se reconstruye, a partir de un millar de negativos olvidados y reencontrados medio siglo después, un viaje que la pareja Mangini-del Fra hizo a Vietnam en 1965, en plena guerra, con intención de hacer un documental que nunca pudo rodarse. En el blanco y negro impresionado por su legendaria Rollei, resucitan rostros que pasean, compran o se aman por las calles de Hanoi, en una insólita cotidianeidad resistente: la figura humana lo llena todo incluso cuando está sola en planos generales. El filme es un precioso homenaje a la fotografía como depositaria de la memoria. En vaqueros, con una agilidad sorprendente para sus nueve décadas pero también con la modestia de aceptar las malas jugadas de su mente al recordar, Cecilia Mangini tantea su autorretrato: "Dicen que soy valiente, que soy una chapucera, que soy una persona que nunca se cansa de pensar en las cosas. Yo, ¿qué puedo decir verdaderamente de mí misma? Que he nacido el 31 de julio de 1927 y todavía vivo. Eso es todo".

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