XXIV Festival de Jerez

Cante entre sonrisas

Antonio el Pipa Antonio el Pipa

Antonio el Pipa / Miguel Ángel González

Quien ha seguido la trayectoria de Antonio El Pipa sabe perfectamente cuáles son sus virtudes y sus defectos. Por eso, a estas alturas de la película no vamos a descubrir a Antonio Ríos Fernández, que también conoce, y muy bien, sus glorias y sus miserias, y por supuesto, cómo ganarse al público.

Partiendo de ello, el bailaor jerezano estructuró un espectáculo en el que, viendo el elenco con antelación, no era difícil vislumbrar cuál iba a ser la línea a seguir. Evidentemente, su baile es el eje, pero en este ‘Estirpe’, estrenado ayer en Villamarta, el cante tiene mucho que decir.

Bajo esta premisa, ambos conceptos se equilibraron bien, porque cuando uno decayó, el otro subió, y viceversa. El resultado fue un montaje entretenido de casi hora y media de duración y en el que se pudo disfrutar de pinceladas de cante y baile de primer nivel.

A decir verdad, se echaba en falta en el Festival de Jerez una propuesta de este estilo, simplemente porque a lo largo de estos 24 años de existencia, en la muestra ha habido grandes momentos similares en los que el baile, el toque y el cante de Jerez han sido excelentes embajadores de la tierra.

Por ello mismo, saborear la soleá que se marcó Jesús Méndez, la seguiriyas que bordó Antonio Reyes o las tonás rematadas por deblas que regaló Samuel Serrano con el pose de Antonio El Pipa nos recordó a una época anterior, una época gloriosa y de momentos que ya forman parte de este Festival.

Sin ningún hilo conductor que se precie, el bailaor fue desgranando un espectáculo en el que bailó cuándo y cómo quiso, demostrando que su braceo sigue siendo una maravilla y que ese deambular por las tablas sigue teniendo un sello muy personal.Todo se conjugó con un cante selecto y que no está al alcance de cualquiera. Porque reunir sobre un escenario las voces de Jesús Méndez, Antonio Reyes, Samuel Serrano y Joana Jiménez no es algo habitual. Cuatro voces distintas, con tesituras completamente opuestas que por momentos levantaron los olés de un público entregado.

Jesús hizo estallar el teatro al entonarse por bulerías nada más empezar la obra, sacó su gen Méndez en la zambra (’Tientos del querer’) que, magistralmente acompañada por Javier Ibáñez, levantó el vello a más de uno; y remató su exquisita actuación por soleá consiguiendo embelesar al propio bailaor.

Antonio Reyes arañó por seguiriyas en uno de los instantes de la noche, con el Pipa entregado a su garganta y bailando el cante, y acarameló los tangos con su particular versión de ‘A tu vera’, la eterna 'Rosa María' de Camarón o alguna que otra letra de Paco Cepero.

El más joven de la terna, Samuel Serrano tampoco decepcionó. Su metal es conforme al resto como la noche al día y lo maneja a sus anchas. Se llevó la ovación al hacer tonás y deblas, con lo difícil que es eso, y ejecutó una malagueña del Mellizo con todos su avíos, peleándose con el cante hasta ganarle.

La única nota femenina de la noche, la de Joana Jiménez, tuvo la virtud, con una garganta arrolladora, de acallar a todo el teatro con la versión de ‘La Lola se va a los puertos’ con la guitarra de Juan José Alba, que al igual que Javier Ibáñez, estuvieron a un nivel altísimo.

Entre tanto cante, El Pipa se gustó por cantiñas, y con El Quini marcando los tiempos, Morenito de Íllora sacó a pasear su sapiencia cantaora, arropado por su hijo Joselito, para que Antonio desfilase como a él le gusta, dejando algún que otro replante de arte.

La noche se remató por bulerías donde el jerezano, con sonrisa de oreja a oreja y disfrutando como un niño, se marchó entre besos. Para mal o para bien, Antonio El Pipa.

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