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XXIV Festival de Jerez

Danza desde todas las miradas

Danza desde todas las miradas Danza desde todas las miradas

Danza desde todas las miradas / foto© Miguel Ángel González

El Ballet Nacional de España es siempre puro espectáculo. Su exquisitas y limpias transiciones y el trabajo coreográfico de sus componentes, nos devuelven imagenes clásicas de este tipo de entidades, que a lo largo de la historia han sido un ejemplo de comunicación humana.

En su regreso a Jerez, esta vez para que Rubén Olmo, todo un icono de este Festival, se estrenase al frente de él, suponía un añadido extra, que todavía tendría un componente nostálgico mayor, la recuperación de parte del legado de un artista que ha sido fundamental en el desarrollo de toda una generación de bailaores, Mario Maya.

El resultado fue una noche intensa, en la que el público disfrutó de lo lindo, porque a lo largo de casi dos horas de espectáculo, dividido en dos bloques, se pudo comprobar de primera mano la evolución y la riqueza de la danza española.

Para ello, Rubén Olmo no quiso llegar avasallando, y para su primera puesta en escena lo tenía claro, de un lado introducir paulatinamente su estilo, con dos coreografías que llevaban su sello, de otro respetar a su antecesor, Antonio Najarro, y por último, rendir tributo a una figura insustituible dentro del flamenco y la danza en Andalucía.

Lo primero lo completó a medias, pues después de una impecable ‘Invocación bolera’, una coreografía coral ejecutada por el ballet, firmada por él y compuesta musicalmente por Manuel Busto; no brilló como otras veces con ‘Jauleña’, otra propuesta dancística propia que intepretó en solitario, aunque sin llegar a alcanzar su nivel de otras veces.

Mejor acogida tuvo ‘Eterna Iberia’, una coreografía de Antonio Najarro, de estética visual definida y perfectamente ejecutada por los bailarines, ofreciendo fluidez en los números grupales, en los solos, y focalizando las castañuelas y otros elementos clásicos como la capa española y el sombrero cordobés a la primera línea.

Tras ello llegó el flamenco, en ese homenaje a Mario Maya que había preparado el sevillano, y en el que ha trabajado intensamente durante los últimos meses.

Para algunos, volver a ver sobre la escena este ‘De lo flamenco’ suponía, de manera inconsciente, compararlo con aquella propuesta de la Compañía Andaluza de Danza de 1994 con toda una generación irrepetible de artistas, con el prejuicio que eso crea. Para otros, entre los que me encuentro, era como un estreno, aunque no un estreno total, pues la rica banda sonora que rodea a este espectáculo es de sobra conocida.Es aquí quizás donde esta reposición, por llamarla de alguna manera, pierde más brillo. Porque sustituir el trabajo de orfebrería realizado en su día por Diego Carrasco, como he dicho muchas veces, un genio no reconocido, por el elenco de anoche es como hablar de primera y segunda división.

En lo demás, el legado de Mario Maya quedó absolutamente correspondido, tanto a nivel coreográfico como a nivel artístico, destacando nombres propios como José Manuel Benítez, que ya agradó en el anterior paso del ballet por Jerez, Fran Velasco, tirando de experiencia en ‘Quisiera ser’, el quinteto compuesto por Eduardo Martínez, Albert Hernández, Carlos Sánchez, Cristian García y Antonio Correderas, en el ‘Cinco toreros’, o el irrepetible número titulado ‘Valparaíso’ en el que Maya rescata los bailes tradicionales del Sacromonte con parte del cuadro femenino.

Lo importante, de cualquier modo, no estaba en la forma, sino en el fondo, porque lo fundamental de toda esta experiencia es la inclusión a partir de ahora del legado de Mario Maya en el Ballet Nacional de España, algo que habrá que agradecer a Rubén Olmo.

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