Festival de Jerez

La burla del diablo

  • El bailarín sevillano estrenó anoche en Villamarta una ambiciosa y arriesgada propuesta, en la que prácticamente hubo de todo sin llegar a conectar y funcionar en toda su complejidad artística

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El sevillano Fernando Romero tiene planta y hechuras de bailarín integral. Disciplinado, ágil, preciosista, socarrón o dramático cuando hay que serlo. No sólo parece dominar con holgura la riqueza y diversidad de las disciplinas dancísticas españolas, entre ellas el baile flamenco, sino que además, al menos en apariencia, tiene inquietudes escénicas importantes y muchas ganas de trascender y ser visto. Otra cosa es que en su Historia de un soldado, que estrenó anoche en Villamarta, no se haya tomado demasiado en serio a sí mismo. No voy a negar que me divirtió -más de uno salió escandalizado- ver a un ilustre del baile como Manolo Marín disfrazado de diablillo en forma de mando castrense o de gitana mala cantando por tanguillos y leyendo la buenaventura tras robar el alma en forma de guitarra al soldado.

El punto exótico y mediterráneo de Isabel Bayón, la princesa prometida, tuvo esa dosis de sugestión y excitación que siempre aporta una dama de la escena como es la sevillana. La bailaora nuevamente vuelve aquí a ejercer de femme fatal oficial de la danza, pues es quien conduce al soldado a su perdición, al fatídico desenlace que tiñe la caja escénica de un impresionante rojo sangre. Como impresionante fue también el despliegue de registros tanto de Juan José Amador como de Miguel Ortega, capaces de cantar, tocar la guitarra e interpretar casi a la vez. Hubo, a decir verdad, algunos hallazgos escénicos interesantes, dentro de un relato, salvo contados altibajos más o menos destacables, bien construido y desarrollado por unos cantaores omniscientes, indigentes del flamenco, cuyas letras sirven de hilo conductor narrativo.

¿Entonces qué falló? Puede que realmente el alma de la propuesta se la llevara el diablo, o que se difuminara entre un ruido electrónico asfixiante, que lo mismo podía transportarnos a un Bershka, que hacernos volar hasta la pista de una humeante discoteca de moda. En lugar de aflamencar a Stravinsky -cuya composición sonó en contadas ocasiones-, Romero optó por meter en su batidora algún disco de Morente, un poco de Kraftwerk, una pizca de Depeche Mode, la suite de Historia de un soldado, algún sainete junto con algo de los hermanos Álvarez Quintero, Bob Fosse, vídeocreaciones... En definitiva, un batiburrillo que terminó por empalagar y llevarnos sin remisión hasta el sopor más insoportable.

El espectáculo, más allá de pretender mostrar una actualización del controvertido y, en ocasiones, vilipendiado concepto danza-teatro flamenco, pudo tener más que ver con aquel Espartaco, obra postrera y crepuscular del admirado maestro Granero, que con la paradigmática Medea. La vertiente teatral, defendida casi en exclusiva por un incombustible Marín, hizo decaer sobremanera el ritmo, mientras que la parte flamenca a menudo quedó sepultada por un aluvión de efectos colaterales y elementos periféricos al meollo de la cuestión que no permitían que aflorase la emoción ni la identificación con lo que allí se pretendía narrar.

El principio del montaje, ciertamente, prometía, con ese Fernando Romero bailando entremezclado en el campo de batalla, sufriendo la metralla en su cuerpo, padeciendo el impacto de esas balas que no son de fogueo que exhibían las vídeoproyecciones. Dando vida a ese soldado que tiene soporte narrativo en el texto de Ramuz, responsable de una aventura teatral cuyo estreno se produjo casi al término de la I Guerra Mundial. Por el camino de vuelta a casa, el militar que encarna el bailaor astigitano se topa con el mal, el diabólico Marín, y decide entregarle su alma a cambio de satisfacer todos sus deseos materiales y terrenales: fama, avaricia, lujo, poder, dinero...

En esa secuencia, vemos a Romero como una especie de Fred Astaire, bastón en mano, paseándose por las mieles de la vida hueca. Luego, un fandango de Miguel Ortega, más Chaplin que Astaire, cierra la espiral de decadencia, y conduce al soldado a su frustrante y cruel realidad: lo tiene todo y no tiene nada. Está vacío en su espíritu. Demoledora moraleja del cuento popular e inigualable metáfora extrapolable claramente al ambicioso espectáculo que vimos, el cual empieza y concluye con una saeta electrónica que apabulla más que sobrecoge. Por que la obra puede que tenga ese halo de propuesta experimental, de culto, pero la realidad es que no está ni mucho menos a la altura de sus grandes protagonistas.

Compañía Fernando Romero. Baile: Fernando Romero (Soldado), Manolo Marín (Diablo - artista invitado), Isabel Bayón (Princesa - artista invitada). Cante y toque: Juan José Amador y Miguel Ortega (Narradores). Proyecto artístico y coreografía: Fernando Romero. Música: Igor Stravinsky (suite 'Historia de un soldado'). Ambientación musical: Fernando Romero. Adaptación y letra de los cantes flamencos: Juan José Amador. Composición guitarra flamenca: Diego Losada, Elena Papandreou. Arreglos guitarra clásica: Mamangakis. Suite interpretada por: Ensemble Walter Boykens. Dirección técnica: Florencio Ortiz. Escenografía: Gonzalo Narbona. Iluminación: Joan Teixidó. Asesor artístico: Manuela Nogales. Vídeo: Imakefilms, Alejandro Espadero. Sonido: Manu Meñaca. Maquinista: Alberto Hernández 'Nene'. Regiduría: Ana Álvarez Ossorio. Realización de vestuario: Isabel Arias, Flamencura. Ayudante de producción: Fernando Monge, José David Gil. Producción: El Mandaíto Producciones. Día: 10 de marzo. Lugar: Teatro Villamarta. Aforo: Lleno.

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