XXIV Festival de Jerez

El cante y sus herederos

El cante y sus herederos El cante y sus herederos

El cante y sus herederos / Manuel Aranda

El Palacio de Villavicencio es un escenario en el que no hay término medio, y donde el artista se enfrenta al público sin ningún tipo de armadura. Cantar a quemarropa no es fácil, primero porque hacerlo en acústico puede jugar malas pasadas, y segundo porque se necesita un grado de madurez importante para realizar ciertas cosas. Todo esto lo sobrelleva bien Alfonso Carpio Fernández, un artista curtido en mil batallas, no en vano lleva subiéndose a los escenarios desde que era un adolescente.

Lo demostró ayer, ofreciendo un completo recital de cante, al que pocos peros se le pueden poner. Quizás, su manera de afrontarlo le dio ventaja, porque en ningún momento vimos a un cantaor coartado ni superado por las circunstancias, todo lo contrario, desde que subió a las tablas se vio con una sonrisa en la boca, convencido de que dicha plaza era la propicia para asestar un golpe de efecto, como así fue.

Arrancó por tonás, dando ya muestras de que venía dispuesto a todo; para continuar por bulerías por soleá, donde recorrió con vehemencia, y a veces hasta sobrado, los estilos clásicos de Jerez, añadiendo, fiel a su filosofía cantaora, alguna que otra pincelada agujetera que agradó mucho al público.

Bien acompañado por la llamativa guitarra de José de Pura, siguiendo siempre al cantaor y sin querer protagonismo, Alfonso Carpio se acercó a las alegrías de Cádiz, imprimiéndoles un aire fresco e introduciendo letras nuevas.

“Voy a cantar por seguiriyas, y se lo voy a dedicar a Isamay, la directora de este Festival, que está llevando el flamenco a todos los rincones del mundo”, exclamó. Antes, habían sonado ya dos móviles. ¡Qué jartura! ‘El Mijita’ comenzó acordándose de Silverio, para seguir por Manuel Torre, Joaquín Lacherna y rematando con el macho de Manuel Molina, en el que expuso toda su fuerza y sentimiento, llevándose los aplausos de los suyos.

Por malagueñas, interpretó los cantes del Mellizo, destacando más en la segunda letra que en la primera, con esa manera de decir el cante casi hablado. En plena efervescencia, Alfonso Mijita remató por abandolaos con una fuerza insuperable.

“Canta por fandangos”, se oyó entre el público, una petición que el cantaor acató con una sonrisa en la boca. “Lo que queráis”, dijo, mientras que José de Pura rasgueaba con su mano derecha para introducir el palo. Sucedieron entonces los mejores momentos de la tarde noche. El artista de La Plazuela encadenó una tanda de fandangos naturales a cual mejor, brillando sobremanera cuando se acordó de Agujetas, una suerte que domina como pocos, porque impregna al cante una dureza y una raza al alcance de pocos; y de Terremoto, otro de los artistas a los que admira. Remató su exhibición con un guiño a Chocolate.

Con todo el pescado vendido, se metió por bulerías, intercalando los cantes de Santiago y de La Plazuela e ilustrando el baile de su hija Marta con el que cerró su actuación.

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