Málaga

El día de la marmota o las (no) novedades de la fiesta

  • El primer día de Feria en el centro no deparó muchas sorpresas, la misma cantidad de Cartojal, la misma música 'machacona', la misma temperatura entre abanicos y el mismo gentío con las provisiones en bolsas.

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Cuando a Bill Murray le sonaba el despertador  sus ojos se abrían atónitos ante la jornada que se le venía encima. Atrapado en el tiempo le tocaba cubrir de nuevo la información del festival del día de la marmota. Periodista gruñón e impaciente se ve abocado, sin saber cómo a revivir, una y otra vez, la misma rutina. Todo se repetía, excepto su percepción de que, lo que le sucedía en cada momento, ya lo había vivido. Su pesadilla no transcurría en Málaga ni en ninguno de los ocho días de Feria, sino en un pequeño pueblo de Pensilvania, ajeno a la tradición de beber vino dulce como si no hubiera mañana, bajo un sol siempre inhumano y con miles de abanicos, bolsas de supermercado y camisetas de colores peregrinando hacia el mismo destino: la jauría humana. Pero la reflexión entre aquella ficción y esta realidad conduce, de nuevo, al mismo punto de partida. El calendario se detiene cuando la tradición manda y justifica prácticamente todo.

Los primeros pasos de la Feria de Málaga 2012 en el centro de la ciudad parecían pisar ayer la huella que dejaran sus pies un año atrás. A las 12:00 caminar por calle Ollerías, Comedias, Santa Lucía o Granada deparaba a la mirada ajena el mismo paisanaje. Peregrinos del buen vivir iniciaban su camino hacia el supermercado -o en su defecto el  chino-  más a mano dispuestos a abastecerse de provisiones con las que sobrellevar una larga jornada. Los más previsores directamente se dirigían a calle Victoria o Paseo del Parque ataviados con lunares, volantes y flores -daba igual la distribución, la repetición o ausencia de uno de ellos-, abanico en ristre, chanclas, shorts, camisetas para no pasar desapercibidos.... La lista de accesorios para cumplir con el uniforme propio de esta jarana puede ser tan amplia como la voluntad de sus protagonistas.

Dos horas después, la imagen parecía aumentar sus pixeles para devolver una estampa deformada de la realidad anterior. En 3D y sin la amenaza fantasma, sino real, de hordas avanzando por la vía pública como si fueran a invadir Normandía. El grito de guerra se repetía un año más, en el mismo tono, y con la misma media lengua: el estribillo con el que animar a La Roja, el de una sevillana o el ai se eu te pego instalado en tímpano. Qué más da cuando de lo que se trata es de demostrar que quien grita más se divierte mejor.

A la hora del almuerzo los escalones de cualquier vivienda servían de acomodo donde degustar un trozo de pizza, un poco de jamón y queso en un plato de plástico o simplemente empapar la digestión echando mano de una garrafa de litro y medio de tinto de verano. Los restaurantes a medio gas pero las aceras servidas con los restos del aperitivo. Porque aquí no tiene importancia comer bien, lo que se revaloriza es beber bien, mojitos en maceta, chupitos de Cartojal, o un manguerazo de lo  que sea salido de una mochila, como si de un suero portátil se tratase.

En un bar de calle Granada anunciaban "Alcohol y fruta, 7 euros" y a una le daba por pensar si la receta formaba parte de la carta de sabores de algunas de las heladerías que se han reproducido en los últimos meses como por generación espontánea. Alguno debería pensar que eso de comer fruta en Feria está fuera de tono. Como si de repente te encontraras sentado en la terraza de una cafetería a un grupo de ciclistas equipado, con las bicicletas en reposo, dándole un respiro a su entrenamiento. Pues allí estaban. Eso sí a media mañana, antes de que empezara la marabunta a rugir. En los aledaños de calle Martínez, mientras ellos veían la vida pasar junto a un café y un zumo, una familia le daba ya a los langostinos de Casa Vicente. Porque Málaga es una ciudad de contrastes, cosmopolita y abierta al turista. Tópicos que se repiten hasta la saciedad y que, en Feria, empiezan a cobrar algo de sentido. Como un mantra sanador. La diferencia es que en esta urbe, y en estos días, solo sana quien se queda en casa. 

Puestos a buscar algún paréntesis esperanzador, la renovada Plaza de La Merced parece sumar puntos este año. El mercado de artesanía instalado como una de las novedades de esta edición -junto a la zona de la Juventud en la plaza de Santo Domingo- se asemejaba por momentos a un agradecido oasis. Eso sí con la idiosincracia malagueña como marchamo de calidad. Porque junto a los clásicos puestos de bisutería, convivían otros con accesorios de peluquería, quesos, aceitunas, cuadros, pasteles, sombreros, zumos naturales y hasta una joven embarazada junto a un trípode dispuesta a retratar al turista con una cámara de otra época. Pero si el viandante despedía este recodo de vida sana y se volvía a adentrar en el corazón de la fiesta, el día de la marmota continuaba su metraje.

A las 16:00 atravesar calle Larios se asemejaba más a una prueba olímpica que a un apacible paseo. Mientras uno ofertaba una ristra de gafas de pasta de todos los colores, el siguiente aprovechaba para vender lotería de Navidad, globos con forma de personajes de Disney, abanicos, flores, almendras, o promocionar una marca de ron bajo un lema revelador: "Hoy quiero a todo el mundo". Abran sus corazones, comienza la Feria.

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