Hablando en Plata

Los palos del baile flamencola petenera

Hasta que los flamencos no empezaron a darse cuenta de que la petenera no tenía el más leve mal bajío, no empezaron a bailarla. Con todo y con eso, no es este un baile que se prodigue en demasía. Aunque nadie puede negar la belleza de la petenera, bien como baile, bien como cante.

Y es muy significativo que dos de los primeros cantaores que dieron a conocer este cante fueran gitanos, a los que mucha gente tiene, equivocadamente, por seres bastante supersticiosos. La primera, fue la sevillana Pastora Pavón, la famosísima Niña de los Peines, que hacía la petenera, pudiéramos decir clásica, del Niño Medina; y el segundo, un cantaor gitano, tan elegante y señor, como Rafael Romero "El Gallina", de Andújar (Jaén), quien, entre los muchos cantes que dominaba, igual que Pastora, cantaba maravillosamente la petenera con sabor a copla de arcaicos ecos semíticos.

Como lo estuvo demostrando Pastora, en los teatros y en los discos que grabó; así como Rafael, quien cantó la petenera, durante muchos años en el tablao "Zambra" madrileño, para que bailara la jerezana Rosa Durán, tan enciclopédica como la que más en su amplio repertorio, en el que no le hacía ascos a ningún baile. Y si el cante de la petenera, al que algunos atribuyen con escaso fundamente un origen judío, es rítmico y solemne, el baile al que da nombre no lo es menos, cuando los pasos, braceo y andares se marcan como es debido sobre las tablas de un escenario. La guitarra va ajustando los tiempos, poco a poco, sin prisas, llevando y trayendo de la mano a la bailaora - no hemos conocido aún bailaor que haga la petenera - que dibuja con su braceo la belleza de un baile todavía sin muchos años de vida, pues parece que arrancó a ejecutarse, a partir de los años cuarenta o cincuenta, hacia acá.

El esplendor de la petenera, que es sobre todo un baile flamenco de y para el teatro, no tiene comparación, y es realmente insólita la expectación que su interpretación produce, entre el público, cada vez que se le incluye en un programa de danza. Aunque hasta el piano flamenco, al que llevó la petenera, como nadie, el recordado José Romero, alzaba hasta la más alta cumbre tan singular música de tan reiterados arabescos sonoros, de puntillas siempre sobre la más exquisita brillantez melódica.

Cantar y bailar la petenera en un teatro es sinónimo de conocimiento y buen gusto por ofrecer al auditorio un diapasón completo de quiebros y requiebros, de acompasados movimientos, de floreados giros, de vibrantes ecos, de elegantes maneras flamencas, que el público saborea con mucho deleite y sabe aplaudir, cuando se le ofrece con el mejor y más cuidado esmero.

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