XXV Festival de Jerez Libertad de movimiento

Rocío Molina y Yerai Cortés, en 'Al fondo riela'.

Rocío Molina y Yerai Cortés, en 'Al fondo riela'. / Manuel Aranda

Sólo tres artistas, Rocío Molina y los guitarristas Eduardo Trassierra y Yerai Cortés, se bastan para crear ‘Al fondo riela (lo uno del otro)’, la segunda parte de la trilogía sobre la guitarra que ha creado la malagueña. Verla sobre el escenario es siempre un sinónimo de expectación, de intriga, porque como ha demostrado más de una vez, su capacidad para construir universos propios es altísima, ya sea para bien o para mal.

En esta ocasión, la guitarra es el eje fundamental, un trabajo de una hora y cuarto en el que con construye y deconstruye su baile cuando y como quiere. Sin recursos de otra índole, aquí, Rocío Molina cimenta su propuesta en una elaborada iluminación al que se unen elementos audiovisuales. Con ello, con las excelentes sonantas de Trassierra y Cortés, y por supuesto, su baile le sirven para llenar y convencer al espectador.

‘Al fondo riela’ es un continuo diálogo entre las partes, a veces entre las dos guitarras, otras entre las guitarras y Rocío Molina pero siempre manteniendo un mismo esquema. En esa inquietud constante que le caracteriza, la malagueña rebosa talento y técnica en todo momento, ya sea al ejecutar coreografías de corte personal o al bailar una farruca, una seguiriya o una soleá. Eso sí, siempre llevándolo a su terreno porque si algo tiene esta artista es personalidad encima del escenario. Sus movimientos irradian energía, una energía que fluye por la escena y acaba contagiando al público, entregado con la bailaora.

Todo discurre por una composición musical extraordinaria, con Eduardo Trassierra y Yerai Cortés como instigadores de la misma. De enorme pulsación y limpieza al ejecutar cada una de las piezas, los guitarristas brillan en todo lo que hacen, ora en una composición contemporánea transportada, ora en una falseta de toda la vida tocada de maravilla. Hasta una simple variación por seguiriyas, esas que se aprenden en las academias al poco de llegar, suena a gloria en las manos de ambos.En este baile del siglo XXI, que nos propone Rocío Molina, la soleá, la farruca o la seguiriya pasan por otro canal, se alejan por momentos del concepto tradicional pero se reencuentran al poco tiempo como si fueran imanes. Todo, sin perder contundencia.

Sus movimientos rectilíneos y su facilidad para ejecutarlos (con ese abrumador juego de muñecas), convierten lo difícil en fácil, y su dominio absoluto del cuerpo, con ese centro de gravedad bajísimo, logran levantar los olés del público, encandilado con su capacidad para bailar. Hasta la bata de cola la mueve como si fuese de plumas. Fuerza pero con matices, así es la malagueña y así se lo reconoce el patio de butacas, como si fuera un buen replante torero.

Pero Rocío es algo más, es pura danza y anarquía gestual, como demuestra en el último número del espectáculo, en el que, con un traje extravagante y tapándose el rostro con una máscara cual un luchador mexicano, termina de romper moldes.

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