Baile

Una vida de 'tournée'

La 'tournée' de Andrés Peña y Pilar Ogalla convence en el Villamarta / MIGUEL ÁNGEL GONZÁLEZ

Una de las virtudes de Andrés Peña y Pilar Ogalla en los últimos cuatro años está en la digestión. Sí, en todo este tiempo han logrado que sus espectáculos, por encima de todo, se digieran y se disfruten casi sin darse cuenta. Andrés lo vislumbró en aquel 'Órdago a la grande' de 2014, y no fue hasta 2016 cuando, con 'Sepia y Oro', encontraron el ingrediente esencial para ello, la sencillez. Con ella han vuelto a afrontar 'La Tournée', un montaje estrenado ayer en el Villamarta y que volvió a poner de manifiesto que el camino elegido es el correcto. Quizás, bajo mi punto de vista, no llega a la excelencia del anterior, pero sí defiende con bastante elegancia y solvencia, la idea que ambos artistas sostienen.

Evidentemente, la presencia de David Coria en la dirección de escena se palma desde el comienzo. Primero en ese concepto de escenografía virgen, sin ningún tipo de recursos, como ya hiciera en 'El Encuentro' que expuso en el Festival el pasado año. Prefiere jugar con la iluminación (perfectamente conseguida, por cierto) y dar así profundidad en función del momento. También cuida las transiciones de escena a escena, consiguiendo que casi no nos demos cuenta de lo que está pasando frente a nosotros.

Así transcurre 'La Tournée', un viaje en el que los protagonistas también interpretan, en el caso de los cantaores bailan y en el de los bailaores, hasta cantan. Es pues una forma de expresar todo lo que acontece durante una gira, desde los momentos íntimos, donde afloran frustraciones (como puede ser cantar para un bailaor/a) a las relaciones, al contacto con el equipo técnico y al disfrute encima del escenario. Bajo esa directriz funciona esta tourneé.

Dentro de ese viaje, Pilar Ogalla y Andrés Peña exhiben todo lo que llevan dentro, en ocasiones bailando en solitario y en otras con coreografías conjuntas bien trabajadas y donde no se salen de su canon tradicional. ¿Por qué coger caminos extraños?

Buenos conocedores de sus defectos y virtudes, en el primer baile, por tangos de Triana, enganchan al público. La cadencia y sutileza en Andrés y la mesura y el control de los hombros de Pilar, encienden la llama que aviva la guitarra de Rafael Rodríguez, un tocaor capaz de conformar por sí solo su propio submundo. El Cabeza, como todos le conocen, adorna la escena con su sonido y saca lo mejor de sí a todo el que se ponga por delante. Con sus acordes Miguel Rosendo, Emilio Florido e Inma Rivero se acercan el cante por tarantos, los abandolaos, pregones, las alegrías o la soleá.

En el intercambio de bailes individuales, como ocurre siempre que ambos trabajan juntos, Pilar se enfrenta a los tarantos, dando muestras de su sobriedad y manejo del mantón; mientras Andrés recurre a la soleá, que por cierto, bordó. La guitarra de Rodríguez hizo salir lo mejor de sí del bailaor, que incitado por los aires de La Serneta en la voz de Inma Rivero protagonizó uno de los momentos de la noche. Aunó delicadeza con temple, temperamento con sosiego, siempre con la cabeza erguida, manteniendo la pose, como debe ser. El público explotó con aplausos.

Había pasado ya más de una hora de espectáculo y casi no nos habíamos dado cuenta. El tramo final nos llevó a la Caleta. Allí, con Rosendo y Florido como anfitriones, Pilar, con bata de cola, desempolvó el abanico, ese que maneja como los ángeles (como ya le hemos visto otras veces en el Festival haciendo guajiras) y alternó, en compañía de su marido, coreografías conjuntas e individualizadas. El teatro despidió a ambos con palmas por bulerías.

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