'Buñuel en el laberinto de las tortugas'

El discreto encanto de la animación

Una escena de 'Buñuel en el laberinto de las tortugas'. Una escena de 'Buñuel en el laberinto de las tortugas'.

Una escena de 'Buñuel en el laberinto de las tortugas'. / M. H.

Pocas lecturas más deliciosas para el cinéfilo medio que Mi último suspiro, la biografía de Luis Buñuel escrita a cuatro manos con Jean-Claude Carrière por la que, sin duda, debió transitar Fermín Solís a la hora de preparar su novela gráfica, Buñuel en el laberinto de las tortugas (Astiberri), en la que se basa esta película homónima.

El calado de esta, sin embargo, no llega a ser tan amplio: se circunscribe por el contrario a la preproducción y rodaje del documental Las hurdes: tierra sin pan. Un proyecto que Buñuel recibió a traves de una investigación de Maurice Legendre y para cuyo rodaje se desplazó con un equipo mínimo (apenas productor, director de fotografía y guionista) hasta tierras extremeñas en abril de 1932.

La propuesta fílmica de Salvador Simó respeta con mucho la novela, a través de una animación discreta, aseada, de línea fina y con destellos particularmente acertados. En el guión brilla por encima del resto el planteamiento de la relación con Ramón Acín, amigo de Buñuel y productor entonces del documental. Así como los diferentes interludios oníricos, basados en las ensoñaciones del cineasta, al estilo de lo que planteaba Tyto Alba en la también novela gráfica Fellini en Roma. Es en esas secuencias donde tomamos contacto con el Buñuel más reconocible, con sus referentes, filias y fobias. No faltan por otra parte en el conjunto provocaciones puramente buñuelianas, chascarrillos sobre La edad de oro, alguna tertulia parisina y referencias a la infancia del aragonés, recargadas tal vez con exceso de azúcar en la banda sonora. De la misma manera, más discutibles resultan las elecciones estéticas de los juegos de foco, las cartelas explicativas o la resolución dramática de las desavenencias con Dalí. Pero en cualquier caso, la dirección de Simó demuestra buen pulso y la cinta logra un delicado equilibrio entre fondo y forma.

Dicho esto, pese al trazo amigable conviene recordar que la película no es para todos los públicos, ya que contiene pasajes de cierta dureza. Buñuel no deja de ser Buñuel. Siempre algún incauto aparece.

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