'A pesar de todo' Tiempo de ultraprocesos

Una imagen de 'A pesar de todo'. Una imagen de 'A pesar de todo'.

Una imagen de 'A pesar de todo'. / M. H.

Cuando la producción televisiva patria deambulaba por callejones menos resplandecientes, Bambú Producciones emergió aportando cierto aire fresco en un territorio por aquel entonces dominado por la factoría Globomedia. De la mano de Ramón Campos y Teresa Fernández Valdés llegó entonces Guante blanco; algo después Gran reserva y, en adelante, una serie de producciones históricas en su mayoría al calor (sorpresa) del grupo A3Media. Siendo cierto que aquellas primeras propuestas destacaban por un mimo poco habitual hasta el momento en fotografía y dirección, también lo es que progresivamente dichos acabados fueron neutralizados conforme las producciones se multiplicaban y competían más desinhibidamente en territorios del marketing y el clickbait. El último ejemplo, y quizá el más flagrante, sería Las chicas del cable, ya producida por y para Netflix.

La alianza con la empresa americana cristaliza ahora también en película con A pesar de todo, una comedia de manual tan formalmente indiscutible como cinematográficamente intrascendente. Una cinta cuyo lastre no radica ni en su previsibilidad ni en un reparto que ha conocido mejores directores, sino en un aroma a producto ultraprocesado difícil de pasar por alto. “Yo no creo en la ciencia, hasta ahí podíamos llegar”, declama un pintor bohemio interpretado por Carlos Bardem. Justo lo contrario de lo que emana la película, que recorre todos y cada uno de los requisitos de temporada necesarios para postularse como mercancía exportable: carrera de obstáculos, protagonismo femenino, reparto de actrices en boga, pseudo-libertad sexual, moralejas con olor a naftalina, jingles de Alaska interpretados a pulmón durante trayectos en coche y cuatro planos turísticos de Madrid más destinados a cebar la industria del selfie que a aportar relevancia narrativa.

Con todo, la película se puede llegar a ver con agrado de sobremesa, gracias también a un metraje comedido y a la fotografía de Kiko de la Rica; y siempre y cuando se pasen por alto los tics de Belén Cuesta y algún flashback de medio pelo. Pero la duda al salir de la sala es patente: ¿qué sentido tiene incluir una cinta así en una sección oficial, más allá de la promoción encubierta? Posiblemente, el mismo sentido que hacerlo con Cuéntame.

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