Jerez

Jerez ya está en la aldea a la espera de la Blanca Paloma

  • La Real Hermandad del Rocío llegó después de tres jornadas de arenas y camino.

El Simpecado de Jerez, plantado ante la puerta principal de la Ermita de la Virgen del Rocio. El Simpecado de Jerez, plantado ante la puerta principal de la Ermita de la Virgen del Rocio.

El Simpecado de Jerez, plantado ante la puerta principal de la Ermita de la Virgen del Rocio. / Manuel Aranda

La mañana se levantó fresca. Tras cruzar la barcaza por ese antojo que tuvo Dios al diseñar la creación, llegaba un olor a salitre y mar mientras el vehículo, magistralmente conducido por los 'juanes', se deslizaba por la alfombra de la arena racheando los baches entre vaivenes. Como si fuese escarcha helada manchada de ese rojo de Pentecostés. La Virgen ya estaba cerca y las dunas de la playa no pudieron impedirlo ni tampoco la orilla de Matalascañas. No sabemos, dentro del grupo de expedicionarios, quien es más rociero; si los 'juanes', Aranda, este cronista improvisado, o el vehículo negro del Diario. A tenor de la velocidad a la que iba, nueve rocíos de caballos mecánicos bien vale un título como todoterreno rociero.

Llegó la hermandad a Manecorro y un sinfín de flores rojas color también Pentecostés sirvieron para acercarse a esa otra orilla que es el Rocío. Eran las catorce horas cuando el Simpecado de Jerez se acercaba a su gente. La esquina de Muñoz y Pavón parecía echar humo con los cantes de los romeros jerezanos. Llegaba el Simpecado a la aldea, entre su gente, y el compromiso estaba cumplido. Atrás quedan horas de rodás entre las arenas, de rengues para coger resuello, de cantes por las noches a la luz de una candela y de un auténtico ejército de mosquitos que esperaban a los romeros jerezanos con la servilleta amarrada al cuello tras comprender que se trataba de un festín que se antojaba a lo grande y gratuito.

Pero no hay impedimento que a un rociero de verdad le evite llegar hasta la aldea. Llegaron las carriolas, perdidas a la hora de asomar por Muñoz y Pavón porque en el Rocío hay que guardar las composturas y sólo entra la tracción animal. Y las carretas, y los muchos caballos que aparecieron como por arte de magia en la aldea, con caballos recién preparados y con los arreos sin sudar. Pero era una gloria ver llegar a Jerez. Las casas de los Valderas -mañana daremos rendida cuenta de quiénes son estos rocieros jerezanos- y los de Pentecostés, estaban abiertas y a la espera de que llegara ese Simpecado impecable de plata fina entre las calles del Rocío. Las sevillanas no cesaban, ni los platos ni los catavinos. Todo gloria porque Jerez ha llegado al Rocío.

La casa de hermandad está en la calle Almonte, hasta allí llegó Jerez una vez presentada en la ermita de la Virgen cuando las manillas del reloj aún no habían llegado a las cuatro de la tarde. Sevillanas de colores, de rocieros embriagados de espíritu de romería recibieron al santo y seña de los jerezanos en el Rocío.

La vida ha evolucionado. Antiguamente, la hermandad se presentaba con cuatro candiles y con ocho coches que formaban un círculo entre los cercanos eucaliptales a las faldas de la ermita para dormir la noche a la espera de la salida. Ahora hay casa de hermandad, y casas de peñas donde corre el vino y las bandejas de jamón. Todos quieren celebrar la llegada de Jerez al Rocío. Y eso está bien. Nadie podría cuestionarlo...

Y Jerez llegó, a su casa de hermandad, y todo quedó con el Simpecado en su patio, a la espera de la noche mágina en la que la Virgen saldrá de su ermita. Tras la desbordante fiesta de Jerez ante la entrada de la hermandad a la aldea vino la tranquilidad. Como la barcaza cuando se cruza el río, como ese vehículo del Diario de vuelta. A sabiendas de que, un año más, un rocío se suma a sus espaldas. Algo así como cien caballos mecánicos arrastrados por los 'juanes'. Ahí es nada. Que con ese número no llegamos al Rocío, sino a la peregrinación de Jasna Gora, concretamente en el corazón de Polonia.

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