Tierra de nadie Derechos reclamo... que no concedo

Derechos reclamo... que no concedo Derechos reclamo... que no concedo

Derechos reclamo... que no concedo

En el colectivo LGTBI, como en cualquier otro colectivo, hay de todo, como en botica; pero en este país nuestro -a rebosar de hipócritas cretinos y de mastuerzos advenedizos, del todo irrecuperables-, en el tiempo que nos toca, ahora, nada que suponga la más sutil de las críticas contra los integrantes del colectivo de la bandera del arco iris, se puede, ya no decir, ni siquiera insinuar: no es “políticamente corresto”; son intocables: todo lo que digan o hagan, bien dicho o hecho está. Pues mire usted, va a ser que no.

Lo sucedido –porque fue un suceso- hace unas semanas en la manifestación del colectivo que hoy nos ocupa, en Madrid, fue una absoluta y completa vergüenza. La caterva de impresentables, fueran LGTBI o no, me da igual: ¡impresentables!, que insultaron, acosaron, agredieron y retuvieron, por la fuerza, a otros manifestantes que acudieron a la cita con la sana intención de unirse a sus reivindicaciones, por el solo hecho de pertenecer a un partido político, en este caso, Ciudadanos, el pasado año fue el PP; no demostraron otra cosa que su intolerancia fascista.

“La fiesta de la tolerancia”, decían… ¿de qué tolerancia me hablan? ¿Es que no se puede ser LGTBI si eres de centro, de centro-derecha, o de derechas?, ¿es que, sólo se puede ser LGTBI si eres de izquierdas…? ¡Anda ya!

El espectáculo no pudo ser más grotesco, ni más bochornoso tampoco. La mezquindad de los excluyentes sobrepasó cualquier atisbo de comportamiento en favor de la libertad ajena, el sectarismo, intransigente y sórdido, de los que decidieron jugar a jueces, decidir quién era apto y quien no para unirse a la manifestación, sentenciar a los “intrusos” y condenar a los “indeseables”, deja bien claro que en todas partes cuecen habas.

El “asunto” se está yendo de madre. Ya no sólo por lo dicho, también por los comportamientos soeces, por las ofensas innecesarias, por la falta de respeto a quien no piense o sienta como ellos. Para reivindicar derechos propios no hay que pisotear los ajenos. Para reclamar igualdad no es necesario ofender las ideas o creencias de otros. Taparse los órganos genitales con una cruz, mearse en los crucifijos amontonados en el suelo, disfrazarse de Virgen María para ridiculizarla, simular sodomía con el oso, que junto al madroño, es el símbolo de Madrid u otras manifestaciones de variaciones sexuales “explícitas” en la calle, que es de todos, de los niños también; no es reivindicación, ni es democracia, ni libertad, ni, en absoluto, reúne los ingredientes necesarios para sentirse orgulloso de ningún tipo de “orgullo”, del “LGTBI”, tampoco.

Pero, claro, ¡ay del que se le ocurra levantar la voz, o el pensamiento, contra todo esto o parte de ello: será señalado, arrinconado y estigmatizado; será insultado, escarmentado y apartado; será tachado de extremista, homófobo y fascista.

Nuestra sociedad, en un mundo que, sin serlo, nos creemos nuestro –cada uno se lo apropia cómo y cuándo le interesa-, parece incapaz de aprender… de una santa vez, y no debiera resultar tan complejo ni dificultoso: ¡vive y deja vivir!, pero en todos los sentidos: de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, de arriba abajo y viceversa, de ti para mí y en sentido contrario, de un sexo al otro y del otro al uno, de los heterosexuales a los LGTBI en sentido de ida, pero también de vuelta…

Todo, o casi todo, termina estropeándose… Cuando los humanos hundimos las garras, hasta el más dulce, suave y cremoso de los “tocinos de cielo” se torna amargo, áspero y seco. La noble lucha por la libertad, durante tanto tiempo y de tantos homosexuales –en todas sus variedades- que han sufrido discriminación injusta y abominable, burla cruel y sádico desprecio, violencia inmunda e intolerable, no puede acabar empañándose por cuenta de unos zafios mamarrachos; el anhelo por alcanzar una igualdad justa y necesaria, no puede revestirse de rencor, odio y venganza por cuenta de cutres y cerriles; la incontestable exigencia por alcanzar el derecho a ser respetado y vivir la vida que has elegido, no puede pudrirse envuelta en la exudaciones que amortajan los que, ahora, no respetan a los que no dicen o hacen lo que a ellos no les gusta o interesa.

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