Jerez

Perdido en tu recuerdo

Perdido en tu recuerdo Perdido en tu recuerdo

Perdido en tu recuerdo

Sintiendo tu ausencia, por tanto tiempo presente… Asumiendo, sin entender todavía, una soledad fría, desairada, vestida de ti la noche y el día. Queriendo soñar lo que no podía, soñando tu melancolía.

Más allá de dónde estés, muy lejos de mi vida, me pesa la tuya, la que no tuviste, la que te arrancaron sin preguntar si querías; la que me quitaron, también a mí, en una temprana infancia torcida.

¿Sabes?, me asusta la lejanía, tan impensable… tan oscura y tangible, tan cruel y distante. Tengo miedo de perderme entre astros infinitos, de cegarme con nubes de blancas estrellas, de olvidarme, sumergido en inmensos abismos de luz negra, del camino hacia ti. Cuando, desde tu destierro, me llames; cuando creas que el tiempo, que no pasa, fue desmedido; cuando sientas que la distancia, imposible de medir, se estiró en demasía; tengo en mi memoria el camino para encontrarte, guardo en mi alma los planos para enmendar un error que nadie quiso; sé cómo recuperarte… Es por eso que la distancia me asusta: tengo miedo de perderme, de no hallarte…

La certeza de no sentirte cada una de las mañanas que me quedasen por vivir; la pena de no escucharte en las noches de mi juventud temprana; el desconsuelo de tener que asumir lo que no quise aceptar; la soledad impuesta de tu marcha, sin despedir… Tu sonrisa ida… tu presencia disipada… tu vida absorbida, la mía… perdida.

¡Tantos años, papá, tantos años…! Sí, aún me quedan lágrimas para llorarte, muchas… Nunca terminarán de vaciarse, no acabarán nunca de terminarse. Me cuesta pensarte… se abren llagas, aún sin cerrar, ya abiertas; ni quiero, ni puedo, ni podría olvidarte… fueron tan pocos tus momentos, tan fugaces tus alientos, tan escasos tus tiempos…

Odié lo que no se puede odiar. Llamé y pregunté y pensé… y no entendí. No, no se paró el mundo, se detuvo el mío; ni se rompieron en mil pedazos los corazones de todos, se destrozó el mío; ni vi hundirse a los demás mientras yo me hundía… mi dolor, sin quererlo, fue sólo mío. Nada me bastaba, nadie me respondía, nada me consolaba ni me servía.

La Muerte sólo visita a los vivos, aunque sea, a veces, tan breve la vida, aunque apenas si dure un respiro. No hay medida que cuente nuestro tiempo perdido, ni cuentas que estimen el valor de lo ya ido. Sólo queda el recuerdo… por doler, vivo; por desgracia, insuficiente y exiguo; nunca perdido.

¿Consuelo? ¿Dónde encontrar bálsamo para lo incurable? ¿Cómo hallar alivio para lo inabarcable? ¿Fue el destino, atroz, que quiso enjugar con paños de muerte los jóvenes brotes de una vida sin tiempo para haberlo sido? ¿Fue el Tiempo, enfurecido, que quiso volver del revés su orden firme, establecido? Del destino, dicen que lo elegimos… del Tiempo, que todo lo cura… pero no hay elección posible ante la tragedia impuesta, ni cura ante la fatalidad arbitraria. Se apacigua la angustia, se calma el dolor, se sosiega la tristeza, sí, ¿cómo vivir si no? Queda, sin embargo, una traza áspera y sombría que ni se va ni se irá; una huella de melancolía no silenciada, que no te abandonará, jamás; un rastro de soledad, compañero hasta el final; retazos de nostalgia presa en un reloj incapaz de marcar los minutos ni las horas; pedacitos de pena, muy honda, enmarcados en halos de aflicción contenida…

Nadie tuvo la culpa. No hay a quien buscar para descargar tu rabia y tu dolor. Sólo, y siendo mucho resulta poco, la tierna caricia de una mano tibia que se pegó a tu sentir. Poco más…

"Dios mío, qué solos se quedaron aquellos muertos" de Gustavo Adolfo… "Cómo pajareó el alma colmenera" de Ramón, el amigo de Miguel… "Como se le pasó la vida, como se le vino la muerte…", se dolía Jorge, a la muerte de su padre, "tan callando…" Qué más llorar… cómo sentir… qué más aguardar… cómo decir… Sólo rogar, creer y esperar, que pueda no perderme en tu recuerdo; que me llame y sienta, de tono fuerte y claro, el eco de tu sonido; que atisbe, lejos, muy allá, en el dintel de tu puerta, el destello que no se fue, la sonrisa que se quedó, la luz que no olvidé.

En memoria del recuerdo a Pepe Núñez.

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